domingo, 21 de octubre de 2012

La Octava Sinfonía de Beethoven... la más alegre y despreocupada de sus sinfonías

Entre las nueve sinfonías de Beethoven, quizá ninguna haya nacido en circunstancias más curiosas que la octava y esta semana, quiero invitarles a escuchar esta sinfonía, a mi juicio y a juicio de muchos, la más alegre y más despreocupada de Beethoven, una obra totalmente desprovista de las emociones sombrías de lo que en su vida atravesaba el compositor cuando la escribió. La Octava Sinfonía fue comenzada hacia fines de 1811, cuando Beethoven no andaba muy bien de salud, y para remediar el triste estado de su cuerpo se la pasaba viajando entre un balneario y otro y visitando diversos centros de salud. Así, tomó las aguas en Karlsbad, en Franzensbrunn y en Töplitz, y fue durante esa gira curativa que inició la composición de la obra, que fue terminada en octubre de 1812, precisamente en una época de su vida en que Beethoven se vio obligado a enfrentarse a verdades muy penosas acerca de sí mismo, cuando tuvo que renunciar al único amor profundo que había conocido, cuando sufrió un alejamiento de su hermano y cuando contempló muy de cerca la posibilidad del suicidio. Así, la Octava Sinfonía es una lección para cualquiera que crea que una pieza musical necesariamente debe ser una expresión directa de las emociones profundas del compositor. Para muchos la Octava es una de esas «obras-bálsamo», casi un medicamento que se puede utilizar para animarse.

La Octava es una sinfonía sin leyenda, sin conflicto... hasta carece de dedicatoria, y que hasta el propio Beethoven la consideraba «pequeña» en contraposición con las precedentes. Se compuso prácticamente a la vez que la Séptima, por lo que aún es más sorprendente el contraste entre esta especie de "retorno a Haydn" y la innovadora obra en la mayor. Según relatan algunos estudiosos de la producción beethoveniana, tal parece que esta «obra menor» fue una de las piezas que le costó menos trabajo al músico de Bonn, pues la partitura estuvo lista en tan solo cuatro meses. El estreno de la obra se realizó bajo la dirección del propio compositor el 27 de febrero de 1814, en Viena. Sus movimientos son: 1. Allegro vivace e con brio; 2. Allegretto scherzando; 3. Tempo di Menuetto y 4. Allegro vivace.

Si en su Quinta sinfonía Beethoven había construido un gran edificio musical a partir del famoso motivo de cuatro notas, en la octava dio algunas pinceladas en el mismo sentido. El breve motivo de seis notas con que se inicia la Octava sinfonía (y que es la primera parte del tema principal de la obra) cierra de manera tranquila y optimista el primer movimiento, en una muestra del pensamiento musical cíclico que si bien Beethoven supo aplicar en ciertas ocasiones, fue más típico de compositores como Wagner, Liszt y Berlioz.

En el segundo movimiento se puede sentir un ambiente de tranquilidad y alegría que tiene que ver con la invención de un simpático aparatito utilizado por los músicos para sus diarios repasos del ritmo frente a sus instrumentos: el famoso «metrónomo», inventado por el señor Mälzel, justo en los tiempos en los que Beethoven escribía su Octava. En el verano de 1812 Beethoven asistió a una cena en la que uno de los invitados era Johann Nepomuk Mälzel. Después de la cena, Beethoven improvisó al piano un canon en honor de Maelzel y su invento, y de ese canon surgió la idea principal del Allegretto scherzando. Se dice que los dieciseisavos que caracterizan a este movimiento representan el rápido tic-tac del metrónomo de Mälzel. Así pues, este segundo tiempo no es otra cosa que un homenaje, sencillo pero exquisito, al inventor del metrónomo, que a muchos ha ayudado y que a otros saca de quicio con bastante frecuencia.

La relación entre un artista y su obra es compleja, como siempre debería recordárnoslo la historia de la Octava Sinfonía, que, después de escucharla, uno puede comprobar que Beethoven fue eso, «todo un artista» que abrió las puertas a un mundo nuevo.

Aquí dejo tres videos con la Octava Sinfonía de Beethoven:



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