Un réquiem alemán —título original en alemán: «Ein deutsches Requiem»— es una composición para soprano, barítono, coro y orquesta de Johannes Brahms. Catalogada como su opus 45. La obra es toda una meditación sobre la vida y la muerte a partir de textos de la Sagrada Escritura. Se estrenó de forma parcial en la Catedral de Bremen el 10 de abril de 1868, día de viernes Santo, y de forma completa en 1869 en la Gewandhaus de Leipzig. Posteriormente, se interpretó por toda Europa y Brahms empezó a ser considerado como un compositor de importancia.
Brahms realizó los primeros esbozos de la obra en 1861 y acometió el trabajo fundamental a partir de 1866, tras la muerte de su madre y de su protector Robert Schumann.
Se trata, pudiéramos decir, de una composición híbrida entre la cantata y el oratorio, donde la sensibilidad está muy próxima a la misericordia, la compasión y el optimismo, lo que la aleja del réquiem en sentido litúrgico, así como de la Misa de difuntos o de una intencionalidad sacra. En este sentido, Brahms se aleja de la tradición católica, y se sitúa en la órbita de las enseñanzas del luteranismo, al seleccionar textos bíblicos que eluden referencias a la vida eterna, al juicio final o a un Dios castigador.
Al estar en el mes en que recordamos a los fieles difuntos, los invito a escuchar esta obra maravillosa:
La Sinfonía n.˚ 3 en fa mayor Opus 90 del compositor alemán Johannes Brahms (Hamburgo, 7 de mayo de 1833-Viena, 3 de abril de 1897) es una obra compuesta en el verano de 1883 en Wiesbaden, cerca de seis años después de haber terminado su 2˚ Sinfonía. En el ínterin, Brahms había compuesto algunas de sus más maravillosas obras maestras, en las que se incluyen el Concierto para violín, las dos oberturas, y el Concierto para piano n.º 2.
El primer movimiento de esta sinfonía es el «allegro con brio» de esta fascinante obra, empieza con tres acordes de los instrumentos de viento que se repetirán a lo largo de la obra. Son tres notas ascendentes, fa, la bemol, fa. Estas notas sirven de base al primer tema presentado por los violines en notas descendentes. Es un tema heroico que se inspira en la tercera Sinfonía de Schumann, con rasgos de grandeza. En contraste el segundo tema es lírico de tipo pastoral y es presentado por el clarinete. La exposición termina de un modo más agitado. Luego se repite la exposición, que algunas veces es omitida por algunos directores que pasan directamente a la sección de desarrollo. En el desarrollo el tema pastoral aparece de forma más agitada en cuerdas y fagots. Destaca la entrada de un solo de trompa tocando el motivo inicial de tres notas en varios tonos. Termina con unas frases sombrías basadas en el tema principal que darán paso a la reexposición. Los temas principales se repiten nuevamente en otros tonos llegando a una elaborada sección de coda en el que destacan el tema principal y el motivo de tres notas enunciados apasionadamente con grandes recursos contrapuntísticos.
El segundo movimiento lo constituye un «andante», que está construido en forma de lied o canción sin palabras. El clarinete actúa como solista presentando el tema principal. Fagots y clarinetes sostienen el motivo con ecos de violas y violoncelos. La parte central es más oscura presentando un nuevo tema. Sigue una amplia sección de desarrollo. En la parte final se repite la primera parte del movimiento, terminando con una coda que expresa un sentimiento de paz.
El tercer movimiento es el «poco allegretto», el más famoso y conocido de la sinfonía. Se debe a la maravillosa melodía que compone su tema principal. Tiene la forma ternaria del scherzo con su trio, pero se aleja totalmente de su espíritu. Su forma es más parecida a un interludio o a una romanza Se compone de un tema en forma menor de tono melancólico que se repite seis veces. Lo presentan los violoncelos, luego los violines y la trompa, y finalmente son acompañados por la flauta. Después de una breve sección central basada en una frase de tres notas, vuelve el tema principal, esta vez interpretado por la trompa, el oboe y finalmente por los violines y violoncelos.
El último movimiento «allegro», nos presenta el tormentoso finale. Empieza con un misterioso tema principal. El segundo tema en contraste es alegre y rítmico. Brahms muestra ahora toda su fuerza empleando elementos contrastados en tonos mayores y menores. El desarrollo se basa en temas cortos que van cambiando constantemente llegándose al clímax de la obra. Luego los elementos tormentosos van desapareciendo, escuchándose de nuevo el tema de Schumann empleado en el primer movimiento. Los metales sobre el fondo de las cuerdas en arpegios, nos presentan en forma de coda, el crepúsculo que sigue a un día de tormenta.
Les dejo una versión dirigida nada menos que por Leonard Bernstein que espero disfruten tanto como yo:
Considerado por muchos como el sucesor de Beethoven, Johannes Brahms (Hamburgo, 7 de mayo de 1833-Viena, 3 de abril de 1897) escribió cuatro sinfonías en su periodo de madurez. Son obras de música absoluta pero que poseen una expresividad de tipo romántico. Hoy presento la «Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98», que es la última sinfonía que compuso. La empezó en las vacaciones de verano que disfrutó el compositor en Mürzzuschlag, en aquel entonces perteneciente al Imperio Austro-Húngaro, en 1884, aproximadamente un año después de la finalización de su tercera sinfonía. Fue compuesta específicamente para la Meiningen Court Orchestra, y estrenada, con una acalorada acogida, bajo la dirección del compositor el 25 de octubre de 1885 en Meiningen y ha sido muy popular desde entonces.
Está considerada como la obra maestra de Brahms, junto con su Ein deutsches Requiem (en español «Un réquiem alemán»). Se caracteriza por el especial énfasis en la nota Do a lo largo de los cuatro movimientos que la componen, así como los encadenamientos de terceras que los violines tocan sigilosamente en el primer movimiento y que se van repitiendo a lo largo de la obra. Una marcha triunfal se yuxtapone con este tema, cosa que crea desconcierto y un cierto caos al escucharla, pero un caos que encanta.
La orquestación es para dos flautas (una de ellas doblada a piccolo), dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, un contrafagot, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales, triángulo (solamente en el tercer movimiento) e instrumentos de cuerda.
El primer movimiento «Allegro non troppo» tiene la forma sonata escrita de forma libre. El segundo movimiento «Andante moderato» tiene un tema arcaico como base. El tercer movimiento «Allegro giocoso» ocupa el lugar del scherzo en la sinfonía. El último movimiento «Allegro energico e passionato» que había sido el mas criticado por los amigos de Brahms, es una Passacaglia basada en la Chaconna del coro final de la cantata 150 de Bach.
La Sinfonía n.º 2 en re mayor, opus 73 fue compuesta por el gran compositor Johannes Brahms en el verano del año 1877 durante una visita que realizó a los Alpes austríacos. La gestación de este trabajo es sorprendentemente corta en comparación a los quince años empleados por el compositor para completar su Primera Sinfonía.
Tras haberse tardado tanto en componer su primera sinfonía, debido a las inseguridades de Johannes, la composición de la segunda se desarrolló en un tiempo mucho más breve. El primer movimiento fue enviado a Clara Schumann, quien predijo que la obra tendría una gran acogida y eso animó a Brahms a desarrollar una obra en un clima aparentemente bucólico, a menudo comparada con la Sexta Sinfonía (Pastoral) de Ludwig van Beethoven. Lo cierto es que es una obra bellísima, en especial el tercer movimiento, que fue tan bien recibido el día del estreno que hubo que repetirlo.
Después del gran éxito del estreno de la Segunda, el compositor dijo, con su habitual pseudo autonegación: "No sé si tengo o no una bonita sinfonía. Tendré que preguntarle a gente más sabia." Por supuesto, no había gente más sabia, como bien lo sabía Brahms. También sabía que la sinfonía es realmente "bonita", como lo sabemos todos los amantes de la música no tan sabios.
El Concierto para Violín de Johannes Brahms, fue compuesto en el verano de 1878, en el pueblo de Pörtschach, en los Alpes austríacos. Joseph Joachim fue el solista cuando Brahms dirigió el estreno en enero de 1879, en Leipzig. Es sabido que Brahms no dominaba la técnica del violín tanto como la del piano. Por ello, durante la composición de la obra consultó varias veces al mismo Joseph Joachim, pero, a pesar de sus sugerencias, algunas no fueron tomadas en cuenta y por eso la obra contiene muchas dificultades técnicas, especialmente en algunas partes para la mano izquierda.
La obra tiene ciertas cosas en común con los conciertos para violín de Chaikovski y Beethoven. Cada uno de ellos fue considerado prácticamente inejecutable cuando era nuevo pero actualmente forman parte del repertorio normal de prácticamente todo violinista. Los tres son en Re mayor.
Orquestado para violín solista, dos flautas, oboes, clarinetes y fagotes, 4 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerdas, el concierto dura poco más de media hora y está dividido en tres movimientos. Brahms consideró la opción de incluir un cuarto movimiento, algo poco usual en las piezas de concierto, pero que luego haría en su segundo concierto para piano. El movimiento sería un scherzo, pero la idea fue finalmente descartada y parte del material fue usado en el concierto para piano mencionado.Los movimientos que finalmente quedaron son: Allegro non troppo (re mayor), Adagio (fa mayor) y Allegro giocoso, ma non troppo vivace - Poco più presto (re mayor). Les invito a escuchar esta semana este delicioso concierto:
La Sinfonía Nº 1 en do menor, opus 68, de Johannes Brahms (1833-1897) es una obra llena de ardor y tenaz aplicación. En esta Sinfonía es donde se manifiesta mas abiertamente la afinidad de Brahms con Beethoven. El propio compositor consideraba que los movimientos (Sobre todo los mov. Nº 2 y Nº 3) eran demasiado bellos para una Sinfonía, siendo más propios para una serenata.
En una ocasión, durante una conversación, Robert Schumann le sugirió a Brahms que compusiera una sinfonía y aceptara el desafío que planteaba Beethoven en su novena Sinfonía a su música. Brahms tenía miedo hacerlo, porque él y muchos otros tenían miedo a la responsabilidad de poder superar todo el legado sinfónico de Beethoven. Se había creado ya para aquel entonces un vacío en cuanto a la composición de sinfonías, después de la novena de Beethoven, ningún compositor se quería aventurar a componer sinfonías con tales proporciones.
Brahms fue experimentando inicialmente con algunos temas e ideas en sonatas para piano sinfónico, pero aún no se sentía seguro. Su Sinfonía nº 1 en do menor, Op. 68, se terminó en 1876 después de 15 años de bocetos y estudios. Su debut fue un éxito y, como era de esperar, las comparaciones con Beethoven no tardaron en aparecer. Brahms era tradicionalista respecto al uso de fórmulas y estructuras de la época clásica, y su complejo contrapunto fue el resultado de los estudios de las obras de los grandes maestros del barroco como Bach (1685 a 1750), todo esto, por supuesto, dentro de un lenguaje romántico. El compositor, pianista y director de orquesta Hans von Bülow alemán (1830 - 1894) llegó a llamar a la Sinfonía nº 1 de Brahms por "10a Sinfonía de Beethoven", porque las similitudes entre los estilos de ambos compositores eran evidentes. Brahms no era rígido en relación con las formas musicales, por el contrario, experimentó constantemente formas cada vez más abiertas y por eso pudo lograr tal magnitud.
Su Sinfonía No. 1, consta de cuatro movimientos. Como Beethoven, Brahms utiliza un movimiento lento entre las secciones más candentes, como es el caso del segundo movimiento. El equilibrio entre las sensaciones es algo que Brahms buscó incesantemente. La Sinfonía nº 1 de Brahms es una pieza de barrido, capaz de mover nuestras emociones desde el primero al último acorde, con una enorme variedad de inspirar momentos de gran poesía.
El lunes pasado murió en Bolonia, a los 80 años de edad Claudio Abbado, y digo así: «Claudio Abbado», porque a él no le gustaba que le llamaran maestro, a pesar de su magisterio musical, indiscutible y comprometido que ha servido de ejemplo a seguir para muchas generaciones de músicos en todo el mundo.
Abbado, un hombre tímido, luchador, un ciudadano comprometido y amante de las plantas, estuvo al frente durante años de la Filarmónica de Berlín y de los prestigiosos Teatros de La Scala de Milán o la Staatsoper, la Ópera Estatal de Viena.
Nació el 26 de junio de 1933 en Milán, en el seno de una familia de músicos e intelectuales, estudió composición y piano con Carlo María Giulini en el Conservatorio milanés Giuseppe Verdi y se formó en la dirección de orquesta con Carlo Zecchi y Hans Swaroski, en las Academias Chigiana de Siena y de Viena, respectivamente. Este hombre, apreciado por muchos gracias a su humildad y sencillez, además de su talento, a los 75 años logró vencer al cáncer por años y luchando con la enfermedad y sin perder su ánimo, recorrió el mundo entero. El Réquiem de Verdi que dirigió con la Filarmónica de Berlín en 2001, con visibles dificultades físicas sobre el podio, sonó a despedida. Pero venció al destino y le arrancó 13 años más a la vida. Luego, en su regreso definitivo, dedicado por completo a su pasión por los jóvenes, sonó la Segunda de Mahler: La resurrección. La suya.
El año 1958 marcó su debut, en un concierto en Trieste. En 1965 tuvo su primer gran éxito en el Festival de Salzburgo, al dirigir la Segunda Sinfonía de Mahler. Su amplio y variado catálogo discográfico se abrió en 1967 con un registro Decca de la Séptima Sinfonía de Beethoven, junto a la Orquesta Filarmónica de Viena.
Abbado fue director de La Scala de Milán (1968-1986), de la Orquesta Sinfónica de Londres (1979-1988), de la Ópera de Viena (1986-1991) y de la Filarmónica de Berlín (1989-2002), en la que relevó a Herbert von Karajan. Asiduo director invitado de la Orquesta Filarmónica de Viena desde 1971 y de la Orquesta Sinfónica de Chicago, desde 1982, el director italiano fundó la Joven Orquesta de la Comunidad Europea (1978), la Filarmónica de La Scala (1982) y la Joven Orquesta Internacional Gustav Mahler (1987).
Entre todas las causas fue un gran impulsor del festival de música contemporánea “Wien Modern” (1987), también fue director musical en Viena (1987-1991), director artístico del Festival de Pascua de Salzburgo (1994), asesor artístico de la Orquesta de Cámara de Europa e impulsor en Suiza de la Lucerne Festival Orchestra (2003).
En todos los casos, sus principales aportaciones fueron una renovación generacional de músicos, programaciones temáticas multidisciplinales y un nuevo repertorio musical, que incluyó obras de compositores contemporáneos como Luigi Nono o Karlheinz Stockhausen. Nombrado senador vitalicio de Italia el 30 de agosto de 2013, destinó su sueldo a la Escuela de Música de la pequeña localidad de Fiesole (centro), en un gesto más de los muchos que tuvo a lo largo de su vida para promocionar la música clásica, pues decidió renunciar al sueldo del cargo y donarlo a la Escuela de música de Fiesole, en la Toscana. Este ha sido parte de su gran legado: la cercanía a la juventud. Desde la renovación de los miembros de la Filarmónica de Berlín, su labor pedagógica, la tutela de estrellas comoGustavo Dudamel o la creación de magníficas orquestas como la Gustav Mahler Jugendorchester o la de Lucerna.
Claudio Abbado fue reconocido con galardones como la Medalla Mozart (1971), Premio Ehrenring de Viena (1973), la Medalla de Oro Nicolai de Viena (1986), y con títulos como el de Caballero de la Gran Croce italiana (1988) y de la Cruz de la Legión de Honor francesa (1989). Además estaba en posesión de la Medalla Mahler (1992), de la Gran Cruz del Mérito de la República Federal Alemana (1992), del Praemium Imperiale a las Artes de Japón (2003), la Medalla de Oro de la Royal Philharmonic Society londinense (2003), el Premio Yehudi Menuhin a la integración de las Artes y la Educación de La Escuela Superior de Música Reina Sofía, de la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2010) o el Premio Don Juan de Borbón de la Música (2011).
Ahora, uniéndome a muchos más que valoramos el talento que Dios le dió y la tarea tan valiosa que realizó, quiero rendir un pequeño homenaje. Su muerte cierra, definitivamente, una época en la historia de la música. Con Abbado se va uno de los directores de orquesta más extraordinarios e influyentes de todos los tiempos. Una leyenda de la batuta. La fe en la música fue alimento para su cuerpo maltrecho. Siempre decía que era su mejor medicina.
Como otras veces, el programa de su último concierto el 26 de agosto en Lucerna también fue el subtexto de su propia biografía. La «Incompleta de Schubert» y la «Novena de Bruckner», ambas sinfonías inacabadas al alcanzar la muerte a sus compositores. A él también, como a estos grandes, le sorprendió el final con decenas de proyectos. Estaba ilusionado con retomar la «Tercera de Schumann», que canceló el pasado verano y recuperaría en 2014. Y de completar la «Integral de Brahms» con la orquesta de Lucerna. Siempre sin la partitura. Tanto para la música, como para darle esquinazo a su propio destino.
Descanse en paz Claudio Abbado, un artista completo, un músico excepcional, una personalidad admirable.
Les invito a disfrutar un poco de que lo que Abbado dirigió:
"Adagietto", de la Sinfonía No 5 de Gustav Mahler (Para quienes quieren ver un video corto):
Sinfonía No 1 D major "Titan", de Mahler:
Los conciertos de Brandenburgo, de Bach:
El Concierto para Piano No.2 de Brahms:
El Concierto para Piano No. 4 en Sol mayor, de Beethoven:
En este enlace, de este mismo blog, lo pueden ver dirigiendo la Sinfonía 3 de Gustav Mahler:
La Sonata para Cello N º 2 en fa mayor, op. 99, fue escrita por JohannesBrahms en 1886, más de veinte años después de terminar su Sonata N º 1. Publicada por primera vez en 1887, fue escrita, dedicada y estrenada por el chelista Robert Hausmann en Viena, con el compositor al piano. La obra fue culminada casi al tiempo que la Sonata para violín n° 3 y el Trío con piano n° 3 a orillas del lago suizo de Thun en 1887. La obra está realizada con un arte muy cuidado.
Hace poco dí con ella nuevamente y la pude escuchar con calma, entendiendo más por qué la crítica de la época quedó sorprendida y por eso la quiero ahora compartir.
Brahms —de quien ya he comentado algo otras veces— es sencillamente increíble en esta obra. Él es un compositor que insiste en la renovación de la forma clásica por antonomasia —la sonata—, siendo, por lo mismo, un músico a contracorrientes, en principio muy atento a la forma conservadora, pero al mismo tiempo componiendo una obra mucho más variada y rompedora, más progresista y original de lo que se había creado durante años.
En esta obra encontramos una ternura y un lirismo de fondo, una fusión camerística que contrasta excelentemente con el tono y atmósfera legendaria de las leyendas nórdicas, que el músico, teniendo en cuenta su origen, llevaba también muy dentro. Brahms era un hombre sano, un poco campesino, amigo de bromas y retruécanos; por eso en la música brahmsiana encontramos siempre destellos de su nobleza, de su resolución, de la esencial limpidez de su generosa naturaleza.
Creo que en este sentido no hay ningún otro músico que pueda disputarle su derecho a ocupar la suprema posición ganada por la habilidad de saber combinar el amor por la belleza formal con el completo y
raro equilibrio entre la ciencia y la inspiración. En verdad, al lado de Beethoven no hay probablemente ningún otro creador —ni siquiera Haydn y Mozart— que haya alcanzado un dominio, una concentración y una altura formal y expresiva similares en el campo de la música de cámara con esa forma clara y esa ternura exquisita que combina con el gusto por las formaciones inéditas o inusitadas para la época en esta Sonata.
La Sonata tiene 4 movimientos:
1. Allegro vivace
2. Adagio affettuoso in F-sharp major
3. Allegro passionato in F minor
4. Allegro molto
Con lo que esta Sonata ofrece, hay más que suficiente para dar una idea cabal de la importancia de la obra del compositor hamburgués.
Escuchar música de excelente factura es un privilegio que nos concede contar con grabaciones de calidad realizadas por ejecutantes virtuosos. Tal es el caso de “Brahms. 3 sonatas para violín y piano” (Quindecim Recordings, México, 2007), de la violinista Erika Dobosiewicz y el pianista Edward Wolanin.
Brahms ha sido considerado desde hace mucho tiempo como el más clásico de los compositores románticos, incluso en la época en que aún vivía el compositor alemán (Hamburgo, 1833-Viena 1897).
Compuestas en la etapa de madurez, y conocida la severa autocrítica de Brahms, se puede afirmar que estamos ante tres obras que reflejan cabalmente la maestría del compositor para crear atmósferas, para recrear sentimientos y emociones a través del diálogo y la simbiosis proteica entre el piano y el violín. Inevitable el lugar común: obras maestras.
Las sonatas del disco son las opus 78, 100 y 108; las dos primeras de tres movimientos y la tercera de cuatro. La 78, como las otras dos, es de una belleza formal intachable, nostálgica y quizás hasta algo plañidera. La 100, me parece, es más sosegada, tranquila, como si la pasión estuviera siempre contenida por la experiencia o sabiduría. La 108 está llena de matices y aires nostálgicos, como un canto a la vida, a la hermosura de las cosas que nos rodean y nos animan a vivir plenamente –el segundo movimiento, “Adagio”, me parece simplemente hermoso, pletórico–.
La violinista Erika Dobosiewicz, originaria de Varsovia (Polonia), nació en el seno de una familia con gran tradición musical. Se graduó con mención honorífica del Conservatorio de Música Federico Chopin en Varsovia y es Posgraduada del Conservatorio Real de Música en Gante, Bélgica. Desde temprana edad manifestó su talento y su actividad en el campo de la música de cámara obtuvo los más altos premios en concursos y festivales internacionales. La verdadera pasión por el violín impulsó su participación en el concurso para violín solo “Tadeusz Wronski” en Varsovia (1990) y las ediciones X y XI del Concurso Internacional “Henryk Szeryng” en Toluca, México (1992), en los cuales siempre ha sido galardonada con los más altos honores. Como solista y con grupos de cámara ha presentado conciertos en Europa, Japón, América del Sur y Canadá. Su actividad solista la ha desarrollado con las principales orquestas de su país natal, la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín y la Orquesta Sinfónica de Oshawa-Durham, Canadá. Con el Cuarteto de Cuerdas “Gemmeus”, del cual es primer violín, se ha presentado en los Festivales Internacionales en los escenarios de la República Mexicana.
Edward Wolanin comenzó sus estudios de piano a los cinco años de edad. Comenzó a estudiar en la Academia de Música Fryderyk Chopin de Varsovia cuando tenía 15 años, siendo el estudiante más joven en la historia de la misma. Estudió con los maestros Jan Ekier, Bronisława Kawalla y Marchwiński, este último en su clase de Música de Cámara. Después de su graduación, continuó sus estudios con el profesor Jan Ekier como estudiante de postgrado. El repertorio de conciertos de Edward es amplísimo, abarcando todos los periodos históricos, desde Domenico Scarlatti hasta compositores contemporáneos -especialmente Romuald Twardowski-. Wolanin ha actuado como solista con numerosas orquestas como la Orquesta de la Radio Polaca, la Orquesta Filarmónica Nacional en Varsovia, Andrzej Avenna Mysiński, la Radio Polaca y la Orquesta Sinfónica Nacional en Katowice. Ha tocado con muchos grandes directores como Bogusław Madey, Maksymiuk Jerzy, Strugała Tadeusz, Ingenio Antoni, Tadeusz Wojciechowski y Pijarowski Marek.
Este disco fue grabado en octubre de 2003 en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes de la Ciudad de México, incluye un texto introductorio de Juan Arturo Brennan y semblanzas de los dos músicos en español e inglés.
Este disco simple y sencillamente es... ¡una delicia!
Esta semana quiero recomendar un disco fantástico. Se trata de "Sarah Chang, Bruch ° Brahms Violin concertos" En el cual la impecable violinista es dirigida por Kurt Masur junto a la Dresdner Philharmonie.
Cuando uno ve el disco, con el rostro sereno de Sarah y lee el título, las primeras preguntas que se haga pueden ser: ¿Qué tiene que ver Bruch con Brahms además de que estos apellidos empiezan con la letra B? ¿Por qué estas dos obras juntas? En el disco encontramos dos conciertos para violín. De Bruch: "Violin Concerto Nº1 in G Minor Op. 26", y de Brahms: "Violin Concerto In D Op. 77".
Max Christian Friedrich Bruch ( Max Bruch ), nació el 6 de enero de 1838 en Alemania y murió el 2 de octubre de 1920. Fue un compositor y director de orquesta de la época romántica de la música clásica. Compuso entre 1864 y 1866 ( a sus 28 años), este Concierto para violín nº 1 en sol menor, op. 26. El Concierto se interpretó en público por primera vez el 24 de abril de 1866, con Otto von Königslow como solista y la dirección del mismo Bruch. Más adelante fue revisado en profundidad con la colaboración de Joseph Joachim, que también había asesorado a Brahms con su concierto para violín. La nueva versión, dedicada a Joachim, pudo escucharse el 7 de enero de 1868 en la ciudad de Bremen, con el famoso violinista como intérprete y Karl Rheinthaler en la dirección.
Durante su vida Max Bruch fue un compositor reconocido y muy respetado en su país, Alemania. Sin embargo después de su muerte y con las nuevas corrientes musicales del siglo XX, su nombre y su obra quedaron poco menos que olvidados a excepción del famoso concierto.
Por su parte, Johannes Brahms nació en Hamburgo el 7 de mayo de 1833 y murió en Viena el 3 de abril de 1897. Fue un pianista y compositor alemán, de música clásica del Romanticismo. A Brahms se le considera el más clásico de los compositores románticos, manteniéndose fiel toda su vida al clasicismo romántico y conservador influenciado por Mozart, Haydn y en especial Beethoven. Fue posiblemente el mayor representante del círculo conservador en la “Guerra de los románticos”. Sus oponentes, los progresistas radicales de Weimar, estaban representados por Franz Liszt, los miembros de la posteriormente llamada Nueva Escuela Alemana, y por Richard Wagner Fué en Alemania, su tierra natal donde su obra romántica, conservadora y con un clasicismo muy contenido no fue bien recibida. Debido a esto, en 1862 se autoexilió en Viena, donde creó lo mejor de su repertorio sinfónico y de conciertos para instrumentos solistas diversos. El concierto para violín en re mayor, op. 77 de Johannes Brahms, fue compuesto en 1878. Brahms lo escribió y dedicó a su amigo Joseph Joachim, quien lo estreno el 1 de enero de 1879 con el compositor dirigiendo a la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig.
Así, la primera y la segunda pregunta quedan contestadas de golpe y porrazo. La causa de que tengamos las dos obras juntas y lo que tienen en común Bruch y Brhams no es algo, sino alguien, Joseph Joachim, quien enlaza de esta manera a estos grandes compositores alemanes. Tenemos entonces dos obras que como elemento principal, más allá del periodo romántico y obviamente el violín de Sarah, está la influencia del virtuosísimo violinista Joachim.
Para quien no conozca a Sarah Chang, quiero decir que esta «pequeñita» gran violinista estadounidense de origen coreano, es responsable de acercar como nadie al gran público un instrumento tan sublime como el violín, a pesar de aparecer a primera vista como una mujer poco fría y calculadora en sus ejecuciones. Se puede decir que hoy por hoy es una de las más destacadas violinistas de cualquier generación y que ha madurado convirtiéndose en una joven artista cuya visión musical, virtuosismo, técnica y emotividad continúan asombrando. Chang nació el 10 de diciembre de 1980. A la edad de 3 años pidió a sus padres un violín y desde entonces no lo ha soltado. Sarah realizó una audición en la Academia Juilliard de música cuando tenía 6 años, tocando precisamente el concierto para violín de Bruch. Fue admitida a la clase de Dorothy Delay, maestra de violín de algunos de los más grandes violinistas del mundo como Itzhak Perlman, Midori, Gil Shaham, Shlomo Mintz y muchos otros, incluyendo al padre de Chang. Fue reconocida como niña prodigio y cuando tenía 8, tuvo la oportunidad de audicionar con nombres como Zubin Mehta y Riccardo Muti, que estaban trabajando, respectivamente, con la New York Philharmonic Orchestra y la Orquesta de Filadelfia. Grabó su álbum debut a la edad de 9.
La dirección de Kurt Masur hace lucir a la Dresdner Philharmonie impecable. La Dresdner Philharmonie es la orquesta del estado alemán de Sajonia y se creó en 1870. Contribuye en la vida cultural de su ciudad, Dresde, con más de ochenta conciertos al año. Desde 1969 su sede se encuentra en el Kulturpalast am Altmarkt en el mismo Dresde. En sus numerosos viajes ha visitado los principales auditorios del mundo, así como los festivales más importantes de Europa y América.
Después de este larguísimo comentario, dejo ahora que sus oídos se deleiten con esta música y al final les presento la portada del disco.
Acceder a la música clásica puede ser algo difícil para quienes apenas se van iniciando en el gusto y conocimiento de la misma. Hay demasiadas obras, muchos compositores, no toda la música clásica es fácil de escuchar, hay multitud de temas, de estilos, de intérpretes, y uno puede sentir hasta vergüenza de entrar en la sección de clásica de las tiendas de discos si no es capaz de citar al menos 5 obras de Mozart de corrido.
Muchos, cuando ven mi gusto por la música clásica, me dicen que no tienen oído para la música, que desde pequeños nunca aprendieron a apreciar este tipo de música, que se aburren, que no saben por dónde empezar a escuchar y un sin fin de pretextos. Pero esto no tiene por qué ser un obstáculo para quien va aprendiendo. La música clásica es clásica por algo: porque es maravillosa. y perdura siempre.
El disco que recomiendo para esta semana " Classical Guitar" es un buen recuerdo que guardo de Tina Urquiza Fernández, quien hace algunos años lo hizo llegar a este incipiente melómano y amante de la lectura. Es un álbum canadiense de guitarra clásica del Boccherini Guitar Quartet, que nos brinda música para relajarse y desocuparse un rato, o tal vez para serenarse y acompañar el arduo trabajo (principalmente después de un día duro de trabajo o ejercicio), escuchando hermosa música de grandes compositores clásicos en guitarra con obras fáciles de reconocer y más o menos fáciles de escuchar.
La guitarra es un instrumento que no forma parte en la plantilla permanente se una orquesta sinfónica y ciertamente no hay muchas obras para guitarra, por dos razones fuertes. La primera es porque la orquesta sinfónica actual —salvo la adición de unos cuantos instrumentos— es la misma desde hace siglos, cuando las guitarras no estaban totalmente desarrolladas y por eso no eran consideradas como parte del ensamble orquestal debido a su incipiente carrera musical. Segundo, la guitarra es lo que algunos llaman, un instrumento «íntimo», ya que no tiene mucho volumen ni proyección sonora como otros instrumentos, digamos el violín, por ejemplo, que si es bien tocado, puede sobresalir aún tocando la orquesta completa.Sin embargo la aparición de la guitarra como parte de la orquesta sí se produce, aunque sea poco habitual. Tenemos el caso de la 7ª Sinfonía de Gustav Mahler y algunas obras de cámara de Arnold Schoenberg. Entre las grandes obras para guitarra acompañadas por orquesta se encuentran "Recuerdos de Alhambra" de Francisco Tárrega y el famoso "Concierto de Aranjuez" de Joaquín Rodrigo, del que ya hemos hablado anteriormente.
Esta vez escucharemos música que no propiamente fue creada para guitarra, pero que suena estupenda y que puede ayudar a «enamorarse» de la música clásica acercándose a ella a través de un instrumento que para nosotros es bastante conocido y noble.
Entre las piezas de este álbum se encuentran obras muy conocidas y que deleitan el oído. Les dejo cinco piezas extraídas de este álbum ¡Disfruten la guitarra!