domingo, 22 de marzo de 2015

«Missa Solemnis in D major, Op 123»... La obra que Beethoven consideró como su más grande y lograda composición

La Misa Solemne en Re era entre todas sus obras la que el propio Beethoven consideraba la más grande y mejor lograda. La razón es por demás simple. En ella el compositor debió recurrir a todos los recursos musicales que su experiencia y sus conocimientos ponían a su alcance. La polifonía está usada con largueza.

"Al trabajar en la Misa en Re —afirmaba el propio Beethoven— mi propósito primordial era llegar a excitar el sentimiento religioso tanto de cantantes como de oyentes, y hacer de este sentimiento algo duradero".

Beethoven comenzó a escribir esta misa en 1818 para ofrecérsela al archique Rodolfo, príncipe arzobispo de Olmütz, en oportundad de su consagración archiepiscopal. Betthoven era un hombre de fe, y consta su constante diálogo interior con el Altísimo ante cuyo omnipotencia sabía inclinarse humildemente, a pesar de ser altivo y orgulloso como pocos. Escrita casi al mismo tiempo que su Novena sinfonía, es el segundo arreglo de misa de Beethoven después de la Misa en do mayor, op. 86. 

Resulta que la consagración del archiduque. Rodolfo como príncipe arzobispo de Olmütz estaba fijada para el 9 de marzo de 1820, día de San Cirilo y San Metodio, patronos de la Moravia. Pese a las buenas intenciones de Beethoven, la fecha de la ceremonia llegó mucho antes que la Missa Solemnis estuviese terminada; esto ocurrió sólo dos años después, a mediados de 1822. 

El propio Beethoven dirigió el 7 de mayo de 1824 en Viena una interpretación incompleta que incluyó Kyrie, Credo y Agnus Dei, pero tuvieron que transcurrir 28 años desde la muerte del compositor, para que se ejecutara la versión integra de su Misa Solemne en Re. Ello ocurrió n 1855. 

Esta misa sintetiza con rara elocuencia los sentimientos de Beethoven, a la vez que constituye una suerte de grandiosa autobiografía moral y espiritual del maestro, en cuanto refleja —en especial— los estados de ánimos de Beethoven durante el dramático quinquenio comprendido entre 1818 y 1822, en cuyo lapso aquél hubo de fluctuar a menudo entre la desesperación y la alegría, entre la más patética resignación y la triunfante reacción de tintes casi heroicos.

Esta obra —que les invito a escuchar esta última semana de Cuaresma— no es muy interpretada en directo ya que su dificultad para los cantantes del coro es extrema. Algunos críticos pensaron que esta partitura pone de manifiesto que Beethoven no sabía componer para coro, ya que en esta obra extremaba los registros y lo esforzaba en exceso hasta el punto de la extenuación, al punto de que algunos críticos de la época afirmaron que la misa exhibía sonidos «herejes» y no aptos para una misa. Otros piensan que por el contrario incluso la capacidad de la voz humana ponía límites al talento creativo de este genio. Por el contrario, críticos modernos afirman que esta pieza lleva todo el peso de su nombre, ya que se le considera una obra verdaderamente «Solemne», se ha llegado a decir que esta obra es la mejor Misa jamás creada, alcanzando momentos nunca antes usados en una Misa, y abrazando sonidos verdaderamente celestiales y potentes... ¡ustedes escuchen y juzguen!


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