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domingo, 4 de diciembre de 2016

«Canción de la Noche»... La Sinfonía n.º 7 en mi menor de Gustav Mahler

Muchos de ustedes saben que, considerado un filósofo de la sinfonía y un místico, mi compositor favorito es Gustav Mahler, a quien admiro sobremanera porque la música era para él algo divino, de valor intasable, algo que a toda costa debía crearse, no ya para satisfacer a los hombres sino para Dios mismo. Un año antes de morir, en diciembre de 1910, —recuerda su mujer— Mahler daba vueltas y más vueltas a este pensamiento, que conmovía: «Toda creación se adorna continuamente para Dios. Por lo tanto, todo el mundo tiene sólo un deber: ser en todo aspecto lo más hermoso posible a los ojos de Dios y del hombre. La fealdad es un insulto a Dios». Lo religioso transía, pues, la vida musical mahleriana. Mahler ha dejado en la historia de la música contemporánea un hondo testimonio espiritual, él amplifica un anhelo vehemente del corazón del hombre contemporáneo, del hombre que añora oscuramente a Dios. El hombre que camina en la noche y que espera algún día encontrar la luz definitiva en Dios.

Entre sus sinfonías, Mahler tiene una, la menos conocida y la menos tocada, La Sinfonía n.º 7 en mi menor de Gustav Mahler, llamada «Canción de la Noche». Una pieza musical que nos invita a ver a Mahler y a sentirlo como el inquieto buscador de Dios, el hombre purificado por el sufrimiento, un hombre enamorado de la bondad; un creyente que vive «a su modo» la piedad cristiana y que amaba la fe «con un amor totalmente suyo». Por eso, «nunca podía pasar por una iglesia sin entrar en ella; amaba el olor del incienso y los cantos gregorianos.

La Sinfonía n.º 7 en mi menor de Gustav Mahler, llamada «Canción de la Noche», es la séptima sinfonía que compuso este maravilloso compositor católico, entre 1904 y 1905 y cuya composición empieza mientras estaba aún componiendo la sexta. Era la primera vez en que trabajaba simultáneamente sobre dos obras y fue hasta un año más tarde que encontró la inspiración para terminarla. Los tres movimientos que le faltaban, los escribió solamente en cuatro semanas. 

Esta «Canción de la Noche» constituye el punto más avanzado del modernismo de Mahler. Se trata de la sinfonía del compositor que más tardó en ser grabada profesionalmente y es, hasta la fecha, la menos popular. La impopularidad que arrastra esta Séptima Sinfonía se hace evidente al constatar que el primer registro fonográfico data de 1950 (Hermann Scherchen, Wiener Symphoniker), tratándose de tomas radiofónicas pertenecientes a un concierto. Habrá que esperar hasta 1953 para que llegue la primera grabación de estudio, también de Scherchen. Como un termómetro del interés que despierta hoy esta obra, es interesante señalar que, según la discografía integral de Vincent Mouret, son 73 las grabaciones completas de la Séptima al día de hoy, y que de ellas más de la mitad (50) se grabaron a partir de 1980.

A la noche, como símbolo, en la doctrina tradicional, se le ha dado el mismo sentido que a la muerte, la oscuridad, lo negro. Pero también tiene un sentido de estado previo, de preparación, de simiente que antecede lo que aún no es día. Y, desde antes de Freud, se la relaciona con el inconsciente, lo oculto. La Séptima de Mahler «Canción de la Noche», viaja de la noche hacia el día, de la niebla a la luz, de Tristan a Meistersinger, con sobresaltos, intermitencias y paradojas, de las cuartas verticales, las disonancias bruscas y lo irregular a lo reglamentario, a una luz que para ser futuro es más antigua que la noche romántica, a una risa excéntrica, o lúcida, risa al fin y al cabo.   

La Séptima de Mahler consta de cinco movimientos:

1. Langsam. Nicht Schleppend.-Allegro Risoluto, ma non troppo.
2. Nachmusik. Allegro moderato-Molto moderato.
3. Scherzo. Schatenchaft. Fliessender aber nicht schnell.- Trio.
4. Nachmusik. Andante amoroso. Aufschwung.
5. Rondo-Finale. Allegro Ordinario.-Allegro moderato ma energico.

Esta obra se encuentra, quizás de forma más evidente que el resto de las sinfonías mahlerianas, entre dos tormentas, el final de una época, y de una música, y el comienzo de otra época, y de otra nueva música. Aún hoy, unos la atan al romanticismo, por la forma y el espíritu, y otros, precisamente por esa misma forma y espíritu, entendidos al revés, la proyectan hacia delante. 

El estreno de esta pieza se llevó a cabo en Praga el 19 de septiembre de 1908, bajo la batuta del mismo compositor. Ya el Mahler que llega a este estreno es un artista consagrado y reconocido, tanto como director como compositor, y con seguidores y detractores casi en igual número. De igual modo es un hombre cansado, avejentado, con tormentos espirituales vividos y aún por vivir, resintiéndose de los primeros síntomas de una enfermedad que lo llevaría finalmente a la muerte, apenas tres años después.

Disfruten a Mahler... ¡tanto como yo!

domingo, 16 de noviembre de 2014

«TRÁGICA»... La sexta sinfonía de Mahler

Entre 1903 y 1904, Gustav Mahler —mi compositor favorito y de quien he puesto varias obras— compuso la Sinfonía n.º 6 en la menor y conocida como «Trágica». Es la obra que esta semana invito a mis 10 seguidores a escuchar.

De entre todas las sinfonías de Mahler, la sexta es la única que termina de forma inequívocamente trágica. Mahler es, por supuesto, un compositor con claras connotaciones trágicas, pero el hecho es que la mayor parte de sus sinfonías terminan de forma triunfante (1, 2, 3, 5, 7 y 8), mientras que otras terminan con un clima de alegría (4), tranquila resignación (9) o calma radiante (10). La conclusión trágica, incluso nihilista de la Sexta Sinfonía, está considerada como particularmente inesperada, ya que la obra fue compuesta en una etapa especialmente feliz de la vida de Mahler: se había casado con Alma Schindler en 1902, y durante el transcurso de la composición nació Anna, su segunda hija.

Tal vez debido a su complejidad o a su carácter especialmente severo, rupturista y pesimista, la sexta no figura entre las sinfonías más populares de Mahler para el público en general. Sin embargo, es reconocida por muchos como una de sus mejores obras y en concreto a mí me encanta escucharla una y otra vez. Está considerada como una sinfonía que requiere un gran estudio por parte de los directores y de las orquestas. Alban Berg y Anton Webern la elogiaron tras la primera audición, para Berg era "la única sexta, a pesar de la Pastoral", mientras que Webern se encargó de dirigirla en más de una ocasión.
La estructura de la Sexta Sinfonía es:

1. Allegro energico, ma non troppo. Heftig, aber markig
2. Andante moderato
3. Scherzo. Wuchtig
4. Finale. Allegro moderato. Allegro energico

La obra comienza, con un Allegro energico, ma non troppo con las cuerdas golpeadas por los arcos y un timbal marcial, que suena hasta la entrada electrizante de las cuerdas más agudas. Aparece luego otra cita bruckneriana (esta vez, una alusión al Finale de la Séptima del de San Florián) y, tras un golpe de timbal, comienza el famoso «tema de Alma». 

El segundo movimiento, Andante moderato, es de una placidez y hermosura que han hecho que eminentes mahlerianos como Henry Louis de la Grange lo consideren entre las páginas más bellas jamás escritas por Mahler. Hay que decir que no se ha resaltado demasiado la similitud entre uno de sus temas y la Pavana para una infanta difunta de Ravel. 

El Scherzo es de una mordacidad insospechada. No hay aquí sensación de alegría, sino de malicia, o al menos picardía. El movimiento está plagado de cambios de ritmo y combinaciones entre sus diferentes secciones. Es, por si hiciera falta decirlo, una demostración del poderío de Mahler como orquestador.

El Finale (Allegro moderato) es, por si no bastaba lo anterior, un verdadero monumento sonoro. Un movimiento descomunal que suele deparar una interpretación de media hora, en la que Mahler pone todo de sí para transmitir una angustia con pocos parangones en la historia de la música. El último tramo es desesperante, debido a que Mahler introduce un atisbo de plenitud y tranquilidad en la nueva exposición de los temas, pero de pronto se derrumba una vez más todo con desesperación, para descender a la tristeza con un tramo final que consiste en una coda casi fúnebre, tocada por los vientos de metal en pianissimo, estalla en un fortissimo a toda orquesta cuyos últimos estertores son un pizzicato que suena como el último suspiro del protagonista, imaginario o no, de la obra.

Los dejo escuchando la Sexta Sinfonía de Mahler:


domingo, 26 de enero de 2014

«Claudio Abbado»... un artista completo, un músico excepcional, una personalidad admirable

El lunes pasado murió en Bolonia, a los 80 años de edad Claudio Abbado, y digo así: «Claudio Abbado», porque a él no le gustaba que le llamaran maestro, a pesar de su magisterio musical, indiscutible y comprometido que ha servido de ejemplo a seguir para muchas generaciones de músicos en todo el mundo.

Abbado, un hombre tímido, luchador, un ciudadano comprometido y amante de las plantas, estuvo al frente durante años de la Filarmónica de Berlín y de los prestigiosos Teatros de La Scala de Milán o la Staatsoper, la Ópera Estatal de Viena.

Nació el 26 de junio de 1933 en Milán, en el seno de una familia de músicos e intelectuales, estudió composición y piano con Carlo María Giulini en el Conservatorio milanés Giuseppe Verdi y se formó en la dirección de orquesta con Carlo Zecchi y Hans Swaroski, en las Academias Chigiana de Siena y de Viena, respectivamente. Este hombre, apreciado por muchos gracias a su humildad y sencillez, además de su talento, a los 75 años logró vencer al cáncer por años y luchando con la enfermedad y sin perder su ánimo, recorrió el mundo entero. El Réquiem de Verdi que dirigió con la Filarmónica de Berlín en 2001, con visibles dificultades físicas sobre el podio, sonó a despedida. Pero venció al destino y le arrancó 13 años más a la vida. Luego, en su regreso definitivo, dedicado por completo a su pasión por los jóvenes, sonó la Segunda de Mahler: La resurrección. La suya.

El año 1958 marcó su debut, en un concierto en Trieste. En 1965 tuvo su primer gran éxito en el Festival de Salzburgo, al dirigir la Segunda Sinfonía de Mahler. Su amplio y variado catálogo discográfico se abrió en 1967 con un registro Decca de la Séptima Sinfonía de Beethoven, junto a la Orquesta Filarmónica de Viena.

Abbado fue director de La Scala de Milán (1968-1986), de la Orquesta Sinfónica de Londres (1979-1988), de la Ópera de Viena (1986-1991) y de la Filarmónica de Berlín (1989-2002), en la que relevó a Herbert von Karajan. Asiduo director invitado de la Orquesta Filarmónica de Viena desde 1971 y de la Orquesta Sinfónica de Chicago, desde 1982, el director italiano fundó la Joven Orquesta de la Comunidad Europea (1978), la Filarmónica de La Scala (1982) y la Joven Orquesta Internacional Gustav Mahler (1987).

Entre todas las causas fue un gran impulsor del festival de música contemporánea “Wien Modern” (1987), también fue director musical en Viena (1987-1991), director artístico del Festival de Pascua de Salzburgo (1994), asesor artístico de la Orquesta de Cámara de Europa e impulsor en Suiza de la Lucerne Festival Orchestra (2003).

En todos los casos, sus principales aportaciones fueron una renovación generacional de músicos, programaciones temáticas multidisciplinales y un nuevo repertorio musical, que incluyó obras de compositores contemporáneos como Luigi Nono o Karlheinz Stockhausen. Nombrado senador vitalicio de Italia el 30 de agosto de 2013, destinó su sueldo a la Escuela de Música de la pequeña localidad de Fiesole (centro), en un gesto más de los muchos que tuvo a lo largo de su vida para promocionar la música clásica, pues decidió renunciar al sueldo del cargo y donarlo a la Escuela de música de Fiesole, en la Toscana. Este ha sido parte de su gran legado: la cercanía a la juventud. Desde la renovación de los miembros de la Filarmónica de Berlín, su labor pedagógica, la tutela de estrellas comoGustavo Dudamel o la creación de magníficas orquestas como la Gustav Mahler Jugendorchester o la de Lucerna.

Claudio Abbado fue reconocido con galardones como la Medalla Mozart (1971), Premio Ehrenring de Viena (1973), la Medalla de Oro Nicolai de Viena (1986), y con títulos como el de Caballero de la Gran Croce italiana (1988) y de la Cruz de la Legión de Honor francesa (1989). Además estaba en posesión de la Medalla Mahler (1992), de la Gran Cruz del Mérito de la República Federal Alemana (1992), del Praemium Imperiale a las Artes de Japón (2003), la Medalla de Oro de la Royal Philharmonic Society londinense (2003), el Premio Yehudi Menuhin a la integración de las Artes y la Educación de La Escuela Superior de Música Reina Sofía, de la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2010) o el Premio Don Juan de Borbón de la Música (2011).

Ahora, uniéndome a muchos más que valoramos el talento que Dios le dió y la tarea tan valiosa que realizó, quiero rendir un pequeño homenaje. Su muerte cierra, definitivamente, una época en la historia de la música. Con Abbado se va uno de los directores de orquesta más extraordinarios e influyentes de todos los tiempos. Una leyenda de la batuta. La fe en la música fue alimento para su cuerpo maltrecho. Siempre decía que era su mejor medicina.

Como otras veces, el programa de su último concierto el 26 de agosto en Lucerna también fue el subtexto de su propia biografía. La «Incompleta de Schubert» y la «Novena de Bruckner», ambas sinfonías inacabadas al alcanzar la muerte a sus compositores. A él también, como a estos grandes, le sorprendió el final con decenas de proyectos. Estaba ilusionado con retomar la «Tercera de Schumann», que canceló el pasado verano y recuperaría en 2014. Y de completar la «Integral de Brahms» con la orquesta de Lucerna. Siempre sin la partitura. Tanto para la música, como para darle esquinazo a su propio destino.

Descanse en paz Claudio Abbado, un artista completo, un músico excepcional, una personalidad admirable.

Les invito a disfrutar un poco de que lo que Abbado dirigió:

"Adagietto", de la Sinfonía No 5 de Gustav Mahler (Para quienes quieren ver un video corto):


Sinfonía No 1 D major "Titan", de Mahler:


Los conciertos de Brandenburgo, de Bach:


 El Concierto para Piano No.2 de Brahms:


El Concierto para Piano No. 4 en Sol mayor, de Beethoven:


En este enlace, de este mismo blog, lo pueden ver dirigiendo la Sinfonía 3 de Gustav Mahler:

domingo, 12 de mayo de 2013

Sinfonía N° 3 de Gustav Mahler... Un sueño de una mañana de verano

«Un sueño de una mañana de verano», así es como inicialmente quiso titular Gustav Mahler su tercera sinfonía. Una obra coral en re menor de más de una hora de duración que fue estrenada en 1902. Una sinfonía de gran envergadura, que consta de seis movimientos, dos de los cuales requieren un coro de Niños, uno de mujeres y una contralto.

Después de la imponente y monumental Sinfonía N° 2 de la que ya he hablado e incluso he dejado una versión dirigida por Bernstein, Mahler se dió a la tarea de componer una nueva sinfonía no menos grandiosa que esa y escrita para una gran orquesta sinfónica, de dimensiones similares a la necesaria para interpretar la anterior.

Esta tercera sinfonía que aquí abordo, constituye junto a su predecesora —a juicio de muchos conocedores— una de las creaciones sinfónicas menos abstractas de este célebre compositor que pareciera, a primera instancia, carecer de identidad. Los austriacos lo consideraban bohemio —a pesar de haber nacido en la Moravia austríaca— y los bohemios, austriaco. Los alemanes se referían a él como "el austriaco" o "el judío"; los judíos lo veían como "el cristiano", pues se convirtió a la fe católica. Sin embargo, la obra de Mahler no podría tener mayor identidad, no podría ser más original, no podría estar más definida. En fin, hablar de él es hablar de un genio absoluto y verdadero, como pocos han existido en la humanidad, y que, entre otras cosas, tuvo la virtud de exponer, como nadie, los secretos más íntimos del ser; y no sólo del ser humano, sino del ser universal y del creador mismo. Gustav Mahler, un verdadero profeta del espíritu humano y del «anima mundi» nos deja en su tercera sinfonía, una obra genial que se abre con una fanfarria inicial sobria, que da paso —tras una sintética transición— a un despertar de las fuerzas de la naturaleza.

La obra se interpreta muy ocasionalmente, debido a que es una obra de grandes proporciones, y que requiere un amplio contingente de intérpretes, pero es una de las favoritas del público, y disfruta de una amplísima discografía que supera las 120 grabaciones completas. Está escrita para voz de contralto, coro femenino, coro de niños y una orquesta de cuatro flautas, cuatro oboes, cinco clarinetes, cuatro fagotes, ocho trompas, cuatro trompetas, cuatro trombones, una tuba, timbales, percusión, campanas, ‘glockenspiel’, arpas y la habitual familia de la cuerda. Al completar Mahler la partitura, advirtiendo la formidable duración del primer movimiento, por encima de la media hora, acordó dividir la obra en dos partes; la primera ocupada enteramente por el enorme primer movimiento y la segunda agrupando los cinco tiempos restantes.

Los seis movimientos son:

1. El despertar de Pan. El verano hace su entrada.
2. Lo que me cuentan las flores del campo.
3. Lo que me cuentan los animales del bosque.
4. Lo que me cuenta el hombre (la noche).
5. Lo que me cuentan las campanas de la mañana (los ángeles).
6. Lo que me cuenta el amor.

Toda la obra gira alrededor de la tierra y la naturaleza, con textos de Nietzche y del propio Mahler. A través del diario de Natalie Bauer-Lechner se sabe que la tercera sinfonía nace de un proyecto musical donde se intentaría narrar la épica de la naturaleza, describiendo la vida inerte hasta llegar a la creación de plantas, hombres y animales, todo ello animado por la fuerza de la vida. Mahler, en una carta a una de sus amigas escribió: “Mi sinfonía será algo que el mundo jamás ha escuchado. En ella, la Naturaleza misma toma voz y dice secretos tan profundos que quizá se han escuchado únicamente entre sueños”. Y añadía: “Un día, el mundo se dará cuenta”.

De su conmovedor movimiento final, Lo que me cuenta el amor, dijo una vez Leonard Bernstein que era la música más dolorosamente hermosa escrita por Mahler.

Disfruten la 3° Sinfonía de Mahler dirigida por Claudio Abbado — el director de orquesta italiano considerado uno de los grandes del podio orquestal y por Leonard Bernstein:


domingo, 5 de mayo de 2013

Leonard Bernstein... un compositor y director de fama mundial

Leonard Bernstein (25 de agosto de 1918 - 14 de octubre de 1990) fue un compositor, pianista y director de orquesta estadounidense. Será siempre recordado como el primer director de orquesta nacido en los Estados Unidos que obtuvo fama mundial, célebre por haber dirigido la Orquesta Filarmónica de Nueva York, por sus Conciertos para jóvenes en la televisión de los años 60 y por sus múltiples composiciones, entre ellas West Side Story, Candide,  y Un día en Nueva York (1949) ya que, siendo un músico polifacético, sus dotes y su innegable talento no sólo le permitieron brillar en el campo de la interpretación, sino que también consiguió triunfar en la composición, tanto en la llamada «seria» como en la comedia musical.

Bernstein nació en el seno de una familia judía procedente de Ucrania. Su abuela insistió en que su primer nombre fuera Louis, pero sus padres siempre lo llamaron Leonard, que les gustaba más. Se cambió el nombre a los dieciséis años. Su padre era un hombre que en principio se opuso al interés de su hijo por la música. No obstante, lo llevó con frecuencia a conciertos. Siendo muy joven, escuchó una interpretación de piano y quedó inmediatamente cautivado, así que empezó a estudiar en la escuela Garrison y la Boston Latin School. Su padre rechazó pagarle las lecciones de piano, por lo que Bernstein se dedicó a enseñar a estudiantes jóvenes, empleando las ganancias en sus propias clases de piano.

En 1951, Leonard se casó con la chilena Felicia Cohn Montealegre, ( tuvo tres hijos: Jamie, Alexander y Nina. Felicia murió de cáncer de pulmón en 1978). Ya casado continuó sus estudios en la Boston Latin School hasta graduarse en 1935, Bernstein acudió a la Universidad Harvard donde estudió música. Al acabar sus estudios ingresó en el Curtis Institute de Filadelfia, donde recibió la única nota de "A" (sobresaliente) que Fritz Reiner concedió nunca en sus clases de dirección; y en el verano, acudía al Berkshire Music Centre (1940 y 1941). En esta época Bernstein también estudió piano con importantes maestros de aquel tiempo.

Fue muy conocido como director de orquesta, compositor (sin parentesco alguno con el compositor de bandas sonoras Elmer Bernstein), pianista y educador. Fue probablemente el director de orquesta más famoso en los Estados Unidos durante muchos años, debido a su larga permanencia como director titular de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, desde 1944. Dirigió muchas otras orquestas de las más destacadas del mundo. Compuso tres sinfonías, dos óperas, una misa, cinco musicales (entre los que destaca por su popularidad West Side Story), y muchas otras piezas. Siguió diversos estilos: atonalidad, dodecafonismo, jazz.

Fue nombrado director titular de la Filarmónica de Nueva York desde 1958 hasta 1969. Hasta 1990 fue nombrado director laureado, y dirigió la orquesta hasta cinco días antes de su muerte.

Dentro del género operístico, dirigió el estreno estadounidense de Peter Grimes (1946). En La Scala de Milán dirigió a Maria Callas en Medea de Cherubini y La sonnambula de Bellini. También dirigió un Tristán e Isolda en Múnich. En 1966 debutó en la Ópera estatal de Viena dirigiendo Falstaff de Verdi, con producción de Luchino Visconti, y Dietrich Fischer-Dieskau como Falstaff). En 1970 volvió a esa ópera para la producción que hizo Otto Schenk de la ópera de Beethoven Fidelio. En 1986 dirigió su propia obra: A Quiet Place. Se despidió de la ópera de manera accidental en 1989: después de una representación de la Khovanshchina de Mussorgsky de repente entró en el escenario y abrazó al director de orquesta Claudio Abbado en frente de una audiencia sorprendida, pero divertida. Su actitud en el podio, al dirigir la orquesta, era muy gestual, extrovertida, hasta el punto de haber visto criticados sus gestos exagerados. Tenía la capacidad de ensayar toda una sinfonía de mi muy admirado Mahler, interpretando cada frase para la orquesta para expresar el significado preciso, y de emitir una manifestación vocal del efecto requerido, con un sutil oído perfecto para el que nada pasaba inadvertido.

Recibió el premio del Kennedy Center en 1980. El día de Navidad, 25 de diciembre de 1989, Bernstein dirigió la Novena Sinfonía de Beethoven en el Schauspielhaus de Berlín Este como parte de una celebración por la caída del Muro de Berlín. El concierto fue retransmitido en directo para más de veinte países, con una audiencia estimada de cien millones de personas. Para la ocasión, Bernstein parafraseó el texto de la Oda a la alegría de Friedrich Schiller, diciendo «libertad» («Freiheit») en lugar de «alegría» («Freude»). «Estoy seguro de que Beethoven nos hubiera dado su consentimiento», dijo Bernstein.

Bernstein dirigió su última representación en Tanglewood el 19 de agosto de 1990 con la Orquesta Sinfónica de Boston, con la que interpretó Four Sea Interludes de Britten y la Séptima Sinfonía de Beethoven. Fumador durante muchos años, combatió un enfisema desde su juventud; sufrió un ataque de tos en mitad de una interpretación de Beethoven que casi suspendió el concierto. Leonard Bernstein murió cinco días después de dirigir por última vez a su orquesta, el 14 de octubre de 1990, como consecuencia de un infarto de miocardio. El día de su funeral, en la comitiva a lo largo de las calles de Manhattan, los obreros de la construcción se quitaron los cascos y saludaron al tiempo que gritaban «Goodbye, Lenny». Bernstein está enterrado en el Green-Wood Cemetery (Brooklyn, Nueva York).

Leonard Bernstein dirigiendo la Obertura de "Candida":


Thomas Clamor dirige "Mambo" de la obra West Side Story:


Algo de la música de la película On the Waterfront:


Chichester Psalms (1965) dirigida por él mismo:


¡Un regalo de Pascua para mis cuatro seguidores!: Bernstein dirigiendo la 2° Sinfonía de Mahler: "Resurrection" en una de sus más legandarias grabaciones:

domingo, 2 de diciembre de 2012

LA QUINTA SINFONÍA DE MAHLER... Su sinfonía más convencional y conocida

Este es un domingo especial, así que hoy vuelvo mis oídos al compositor más admirable desde mi punto de vista, o mejor dicho, desde mi punto de oído, pues muchos saben que me fascina escuchar a Mahler. Ya he hablado de este maravilloso compositor en otras veces y he dicho en alguna otra ocasión que Gustav Mahler solo dedicaba los meses de verano a la composición, debido a sus responsabilidades como director.

En el periodo entre 1901-1902, Mahler conoció a la que sería su esposa: Alma Schlindler. La pareja se casó el 9 de marzo de 1902 y al final del verano de aquél año Mahler «estrenó» una hermosa sinfonía interpretándola al piano para Alma. Se trata de la "Quinta sinfonía", que es la que invito a escuchar «a todo volumen». Mahler dividió la sinfonía en tres partes, con cinco movimientos. Tras su primera ejecución orquestada, rehizo la orquestación y continuó haciéndolo hasta casi su muerte, en 1911. Hacia el final de su vida, escribió en una carta desde New York: ?He terminado la Quinta. Realmente hay que completar la reorquestación.? El resultado de esas revisiones constantes han sido las tres versiones diferentes impresas.

Mahler solía decir que para él componer una sinfonía equivalía a un acto de creación del mundo. Sus sinfonías constituyen, así, un viaje maravilloso por toda la creación, especialmente por el hombre y sus distintas manifestaciones psicológicas, dejándonos una música que abarca todos los colores, además de que podemos decir que la música de Gustav Mahler es el puente entre el siglo XIX y el siglo XX. Fue un gran maestro, un innovador radical. Visto está que los públicos de todo el mundo escuchan hoy en su música una voz que les habla en términos que todo mundo puede comprender con facilidad.

La composición de la "Quinta Sinfonía" marcó el principio de un nuevo capítulo en la obra total de Mahler, ya que en todos sus aspectos —intelectual, musical, arquitectónico, armónico y de textura— surgen elementos nuevos. Es quizá la sinfonía más conocida por el gran público, sobre todo por su papel estelar en la película “Muerte en Venecia” —la más “convencional” de Mahler, según dicen las crónicas— pero es que quizá es también la más variada y donde en sus cinco movimientos encontramos un compendio de toda la temática típica del compositor, desde su fascinación por la muerte hasta el amor en estado puro, pasando por su gusto por la naturaleza y los paseos campestres, con pasajes atormentados, bucólicos, exaltados

Escuchar esta sinfonía es una delicia. La "Quinta Sinfonía" se desarrolla en una gran escala y es la primera sinfonía de Mahler que no estuvo directa o indirectamente implicada con la voz humana. Dividida en tres secciones, es evidente que el Scherzo, de proporciones casi monumentales, es el movimiento más importante de la obra, que no es —cabe mencionarlo— una pieza danzante o de carácter, sino en la expresión de una fuerza inflexible y una urgencia exhuberante por actuar. No son experiencias emocionales o espirituales las que mantienen la unidad de los hechos musicales de este movimiento. Lo que provoca su impactante efecto es un juego vigoroso entre fuerzas sonoras abstractas. En una carta dirigida a su esposa, Mahler aseguraba: “el scherzo es un movimiento endemoniado que va a tener grandes problemas. Los directores lo tomarán demasiado rápido y harán con él tonterías (…) ¿Y el público que va a entender, que van a decir de esta música primigenia, de este mar de centelleantes rompientes que echa espuma, que ruge, que se enfurece…? Esta música no es de este tiempo. ¡Oh si pudiera dar el estreno de esta sinfonía 50 años después de mi muerte”.

Las dos secciones que flanquean este Scherzo, cada una de las cuales consta de dos movimientos, deben ser consideradas en relación a él. La primera comienza con una Marcha Fúnebre en Do sostenido menor, seguida por un belicoso Allegro en La menor. El encabezamiento "Marcha Fúnebre" es la única indicación casi programática de toda la partitura. Pero, ¿quién está siendo llevado a su sepultura?. No es nadie en particular, quizás el pasado del propio Mahler, con el que cortó toda ligadura en esta manera solemne y demostrativa. Ye he dihco que esta obra marca un cambio en la vida y en la obra del compositor.

Del Allegro en La menor que sigue, podría decirse, de igual manera, que marca el comienzo de una nueva vida, con una intensa actividad que sólo puede producir resultados si se emplea hasta el último átomo de esa energía. El vigoroso, a menudo agresivo carácter de esta música, demuestra claramente que un siniestro conflicto va a tener lugar. Pero una vez que el tumulto se calma y las ondas divergentes de la textura orquestal se unen, la música sugiere un coral y no quedan dudas respecto al resultado positivo del conflicto.

Después del ya descripto Scherzo, la tercera sección de la Sinfonía comienza con un tierno y célebre Adagietto cuyo objetivo estético tal vez sea reintroducir al sentimiento de la contemplación después de la dominación previa de la fuerza y la voluntad. Este fragmento es conciso en su forma y fue orquestado con gran delicadeza: sólo arpa y cuerdas. Es casi milagroso que este delicado Adagietto, con su escala modesta y su sobriedad sonora, no sea ahogado por los movimientos colosales que lo rodean.

El quinto movimiento sigue sin interrupción. Se puede decir que explota en manera práctica, lo que el Scherzo presenta en forma abstracta. Emplea material musical concreto: temas, figuras y formaciones que tienen tanto espíritu como substancia. La alegría con la que se inicia el tema principal después que otros motivos han sido descartados, recuerda el buen humor de Haydn. Pero este movimiento es simple sólo en su comienzo, aunque mantiene su exhuberante alegría de vivir durante toda su extensión. No tarda en convertirse en una combinación de diseños extremadamente complejos. Mahler jamás había hecho gala de una maestría tal en la técnica del contrapunto. No es fácil analizar la estructura formal del Rondo Finale, pero no requiere esfuerzo alguno gozar del efecto provocado por esta vital expresión musical de alegría.

¡Disfrútenla en algunos videos!



domingo, 13 de mayo de 2012

Mahler Symphony No. 10... sorprendente en su última sinfonía

Muchos saben que la música de Mahler es mi favorita y que por eso es algo que no me canso de escuchar. Hoy quiero compartir con ustedes algo de esta sinfonía inconclusa e invitarlos a escuchar alguna de las diversas versiones que sobre la misma se han completado.

El final de la vida de Mahler está marcado por su deteriorada salud y muchos problemas en su vida matrimonial con Alma Mahler, que había abandonado toda actividad artística para dedicar su vida a su esposo. Intentando solucionar una crisis matrimonial de la pareja, Alma se retiró al balneario de Todelbad, allí conoció a Walter Gropius, la atracción fue mutua comenzando una relación epistolar que llegó a ser interceptada por Mahler, pero Alma no estaba dispuesta a abandonarlo. Estos hechos motivaron que la crisis matrimonial se agravara, a la vez, creció el interés de Mahler por su esposa, le pidió que no lo abandonara y llegó a acudir a una consulta con Sigmund Freud, decidió componer una sinfonía para ella, la Décima, que quedaría en su mayor parte inacabada. Al final del boceto escribiría la siguiente frase: "¡Por ti vivo! ¡Por ti muero! Almschi".

Mahler, era muy supersticioso respecto a las Sinfonías número 9, pensaba que, como le había pasado a Beethoven, no podría ir más allá de la Novena, "La canción de la tierra" la había bautizado como sinfonía pero no le había puesto número, pensando en que, con esta estratagema, había franqueado el fatídico número 9 se puso a trabajar en su sinfonía número 10. Como si sus temores fueran fundados esta última sinfonía quedaría inejecutable en su mayor parte.

Cuando falleció el compositor todavía no se había estrenado ni la Novena ni "La canción de la tierra". En 1924 su esposa publicó el adagio de la Décima, se trataba del Primer Movimento, (Adagio. Andante) el único que había quedado terminado, mientras que Ernst Krenek reconstruyó el Tercer Movimiento (Purgatorio) pero no se atrevió a hacer nada con los tres restantes, aún sabiendo que Mahler había previsto una sinfonía en cinco movimientos.

La obra inconclusa se ofreció a varios compositores, entre los que se encontraban Shostakovich y Schoenberg, para darse a la tarea de finalizarla, pero nadie quería hacerlo, hasta que en 1960 la BBC pidió a Deryck Cooke que hiciera un estudio de esta sinfonía inacabada, tras el cual éste decidió reconstruirla y el resultado se emitió por la radio con ocasión del centenario del nacimiento del compositor.

Con la colaboración de Alma, que en 1963 prestó manuscritos de Mahler, fue posible realizar una segunda versión estrenada en 1964, Alma, que había fallecido meses después de haber dado permiso a Cooke, no pudo escucharla. En los años setenta Cooke aún la retocaría en una tercera y última reconstrucción, de las suyas, puesto que existen versiones de otros composiores, aunque la de Cooke es la que más se interpreta. Opositores al trabajo de Cooke, además de Walter, fueron Bernstein, Solti, Boulez, Klemperer o Tennstedt, por el contrario la han interpretado directores como Sanderling, inbal, Levine, Martinon, Ormandy, Ratlle, Morris, Chailly, Gielen, Wyss, Harding y otros más. Lo sorprendente de esta Décima Sinfonía, sobre todo del único movimiento que nos ha llegado terminado, es que Mahler está experimentando con sus armonías cromáticas, con la atonalidad (el "flirteo con la tonalidad" lo llamó Bernstein) y el uso de disonancias, como si quisiera abrir una nueva vía, a saber por dónde hubieran ido los tiros si no llega a sufrir una muerte prematura.

El funeral de Mahler ocurrió un día muy lluvioso, el 22 de mayo de 2011 (murió el 18), con la presencia de sus principales discípulos: Bruno Walter, Otto Klemperer, Alan Berg, Arnold Schönberg (quien pintó su famoso cuadro fúnebre del evento y pusiera en el arreglo floral: San Gustav Mahler), entre muchos otros personajes artísticos importantes de la época.

La estructura de la Sinfonía No. 10 quedó definida de la siguiente manera:

I. Adagio (Andante)
II. Scherzo I (Cuarto Rápido)
III. Purgatorio (Allegro moderato)
IV. Scherzo II (Allegro Pesante, no demasiado rápido)
V. Finale (Lento y difícil)

Aquí está la versión de Cooke  con la Orquesta Royal Conecrtgebow dirigida por Eliahu Inbal el 30 de junio de 2011. ¡Disfruten!

domingo, 6 de noviembre de 2011

La Cuarta de Mahler... una sinfonía de sus sinfonías más cortas y tal vez la más «clásica»

Esta semana quiero invitarles a escuchar una obra de mi compositor favorito,   la Sinfonía n.º 4 de Gustav Mahler, una de sus más cortas sinfonías y de las que más tardó en concluir—más de un año,  de julio de 1899 a agosto de 1900— y que escribió para soprano y orquesta.

La obra dura aproximadamente cincuenta minutos y se puede decir que es una verdadera excepción en la orquestación de Mahler, ya que no se incluyen trombones (es la única sinfonía en la que hace esto) y se pide una orquesta de tamaño “normal”. Es interesante escuchar que la voz de la soprano no interviene más que en el último movimiento y descubrir que en toda la obra destacan los arpegios y escalas de los violonchelos, del corno inglés y el clarinete bajo.

En 1982, Mahler había escrito el quinto lied del Des Knaben Wunderhorn, que dio pie a la composición del   cuarto movimiento de esta cuarta sinfonía: “Das himmlische Leben” (la Vida Celestial).  Este movimiento debía formar parte, en un principio, de la tercera sinfonía (siendo este un séptimo movimiento que luego fue suprimido) y luego Mahler decidió  hacer de este el final de su cuarta sinfonía y concibió los tres primeros movimientos en función del que ya tenía. Por lo cual su composición le llevó bastante tiempo.

Su composición se inició durante las vacaciones del verano 1899, tomadas después de dos años de función como director de la ópera de Viena, puesto que le había impedido componer hasta entonces. Empezó a componer pero paró y es hasta  el verano de 1900 que acabó todo lo que le faltaba en el sorprendente tiempo de menos de tres semanas. La obra resultó quizás la más clásica de sus composiciones, con un adagio (tercer movimiento) de un romanticismo fortísimo y un muy original final, con ese fantástico último movimiento como una gran pieza sinfonía orquestada en una especie de lied a cargo de la soprano solista.

La música de este obra es lírica y clásica, bien lejos de las composiciones más dramáticas que le son posteriores. El primer movimiento hace oír campanillas y temas de carácter de danzas campesinas. El segundo introduce un violín desafinado solo, dando un lado rústico a la división. El adagio es de una gran amplitud y juega sobre todo sobre las cuerdas, contrariamente a las dos primeras partes. Se termina por un tutti, introduciendo el último movimiento vocal. El texto del lied, cantado por una voz de soprano, enuncia los placeres gastronómicos del cielo. La orquesta termina por borrarse después de haber reanudado los temas campesinos del primer movimiento.

Es una pieza que vale la pena escuchar no una, sino varias veces para saborearla. Aquí les dejo en video  a la Filarmónica de Viena (Wiener Philharmoniker) dirigida por Leonard Bernstein interpretando la Cuarta Sinfonía de Gustav Mahler. ¡Qué la disfruten!




domingo, 24 de abril de 2011

RESURRECCIÓN... La segunda sinfonía de Mahler

Al celebrar la Resurrección de Jesucristo, en este solemne Domingo de Pascua, quiero compartir la sinfonía que fue la preferida del papa Juan Pablo II.  La Sinfonía n.º 2 en do menor de Gustav Mahler, conocida como Auferstehung (Resurrección en alemán), que fue compuesta entre 1888 y 1894.

La obra tiene 5 movimientos:
1. Totenfeier. Ritos Fúnebres- Allegro Maestoso. Mit Durchaus ernstem und feierlichem Ausdruck.
2. Andante moderato. Sehr gemachlich.
3. In ruhig fliessender Bewegung (Con un movimiento tranquilamente fluyente)
4. Sehr feierlich, aber Schlicht. "Urlicht", Texto de Gustav Mahler
5. Im Tempo des Scherzos. Wild herausfahrend. "Auferstehung", Texto de Gottlieb Friedrich Klopstock.

Mahler disenó el primer movimiento como una representación de un funeral que responde a preguntas tales como: "¿Hay vida después de la muerte?"; el segundo movimiento es un recuerdo de tiempos felices de la vida que se apagó; el tercer movimiento representa una completa pérdida de fe, y el considerar la vida como un sinsentido; el cuarto movimiento, un lied, es el renacimiento de la fe ("Yo soy de Dios, y retornaré a Dios"), y el quinto movimiento, después del regreso de las dudas del tercero y las preguntas del primero, termina con una realización del amor de Dios, y el reconocimiento de la vida después del fin (la resurrección). La sinfonía está escrita para una orquesta y un conjunto fuera de escena de metales y percusión. El cuarto movimiento requiere una contralto solista, y el último además una soprano y un gran coro mixto. Una ejecución normal de la sinfonía dura alrededor de ochenta y cinco minutos.

Aunque hebreo de nacimiento, en su Bohemia natal y luego en Moravia, conoció desde pequeño la vida y liturgia de la Iglesia Católica, cuando formaba parte del coro de la parroquia. Luego, durante la época de formación musical, en Praga y en Viena, Mahler asimiló la gran tradición musical y cultural europea, inspirada por la fe cristiana. Le impresionaba especialmente el Réquiem de Mozart y también el Te Deum de Bruckner.

Con la fe católica Mahler recibió el don de descubrir al Dios íntimo, presente en lo hondo del corazón humano, de modo que Dios «posee una certeza existencial mayor —afirmaba— que todo lo que se encuentra al exterior de nuestra vida íntima». En el Evangelio le fue revelada una verdad religiosa fundamental y decisiva: Dios es amor y donde hay verdadero amor allí está Dios. Esta idea aparecía una y otra vez en su conversación.

El Réquiem de Mozart había sido la obra que más hondamente le impresionara en su adolescencia, cuando cantaba en el coro de la Iglesia. Quizá en aquel momento vinieran también las estrofas de su Sinfonía Resurrección.  Mahler redactó personalmente los textos de las partes cantadas, glosando a Klopstock : «¡He venido de Dios y quiero volver a Dios! ¡El amor de Dios me dará una luz que brillará para mí hasta la vida eterna! (...) ¡Ten fe: no has nacido en vano, no has vivido ni sufrido en vano! (...) ¡Deshecha el temor! ¡Prepárate para vivir! (...) ¡Con alas que han conquistado para mí me liberaré en un ardiente impulso de amor hacia la Luz, que ningún ojo ha penetrado! ¡Moriré para vivir! ¡Resucitaré, sí, resucitaré!».

Mahler ha dejado en la historia de la música contemporánea un hondo testimonio espiritual: «desde esta tierra, cuyos sufrimientos había hecho suyos, levantaba los ojos buscando a Dios. La relación entre música y religión constituía el fundamento mismo de su actitud religiosa. Algunos músicos —y algunos oyentes— no tienen conciencia del poder trascendental de la música, porque, aunque inmersos en un clima musical y siendo ellos mismos auténticos músicos, están desprovistos de cualquier testimonio religioso, incluso de cualquier conciencia religiosa. Los que, en cambio, se esfuerzan por penetrar más allá del velo terrestre, encontrarán en la música algo con lo cual sostener y afirmar su fe.

Se puede decir que la sinfonía con la que quiero celebrar junto con ustedes la Resurrección de Jesucristo y que está entre mis favoritas, es, sin  temor a equivocarme, la más fácil de las 9 que compuso Mahler. Se trata de una de las escasas sinfonías en la historia, como la célebre novena de Beethoven o la segunda de Mendelssohn, en incorporar la voz humana en forma de coros y solistas, cerrando, al igual que hiciera Beethoven 71 años antes, de manera magistral, otra esplendorosa obra de arte que ya he recomendado escuchar.

El final es uno de los más sobrecogedores que se pueden escuchar. La Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Nuevo León la interpretará el 12 y el 15 de mayo en la gran sala del Teatro de la Ciudad de Monterrey.  No puede ser más espectacular y gratificante que, siendo tiempo de Pascua y además la favorita, -como dijimos-, de Juan Pablo II , celebraremos la Resurrección de Cristo y la esperanza de nuestra propia  resurrección (de ahí el sobrenombre). Les recomiendo que la escuchen serenamente. Por fortuna hay varias versiones accesibles y se puede ver también en video en youtube.





domingo, 6 de marzo de 2011

La Sinfonía N° 1 de Mahler... una delicia para los oídos

Escuchar a Gustav Mahler es siempre una delicia. Nacido en Bohemia, actualmente República Checa, el 7 de julio de 1860, fue un compositor y director de orquesta bohemio-austriaco. Sus composiciones se encuentran entre las obras del Postromanticismo más importantes. La gran originalidad de su genio creador y del auge del nazismo en Alemania y Austria, debido a su condición de judío, hicieron que su obra se catalogara en un principio como "degenerada" y "moderna". Lo mismo sucedió con otros compositores, caídos en desgracia ante el Tercer Reich. Sólo al final de la Segunda Guerra Mundial y por la decidida labor de directores como Bruno Walter, Otto Klemperer y, más tarde, Bernard Haitink o Leonard Bernstein, su música empezó a interpretarse con más frecuencia en el repertorio de las grandes orquestas. 

Mahler murió en la ciudad de Viena de una endocarditis bacteriana en estado avanzado que se fue complicando. Su último deseo era morir en Viena y terminó allí sus últimos días en un sanatorio. Falleció cerca de la media noche, el 18 de mayo de 1911. La era de los grandes sinfonistas vieneses, iniciada cerca de 200 años antes, llegaba a su fin.
 
Son diez las sinfonías de su catálogo si bien la última quedó inacabada a su muerte. De ellas, las números 2, 3, 4, y 8 –la que le concedió en vida el único sonado triunfo en su estreno– incluyen la voz humana, amplificando hasta extremas consecuencias el complejo modelo coral de Beethoven en la última parte de su Novena.  
La Sinfonía n.º 1 (Titán) en re mayor de fue compuesta en el año 1888.

En un principio, fue concebido como un largo poema sinfónico. Mahler le llamó "Titán" por la novela de Jean Paul, aunque especificó que la sinfonía no se basaba en absoluto en ella. Al estrenarse, fue acusada de desafiar todas las leyes de la música, siendo calificada de vulgar y sin sentido. Hoy en día, esta sinfonía es una de las más apreciadas de Mahler, debido a su gran riqueza melódica; al hecho de ser una sinfonía temprana, y por otra parte, no es tan larga como otras de sus sinfonías. ¡Dura tan solo 49 minutos y concuenta y seis segundos!

Consta de cuatro movimientos. Originalmente tenía un movimiento adicional llamado Blumine (Florecillas), que Mahler escribió como música incidental para una obra de teatro. Sin embargo, posteriormente Mahler retiró dicho movimiento; en la actualidad casi nunca se interpreta incluyendo este movimiento con la sinfonía, aunque se oye con cierta frecuencia por separado.

Mahler utilizó en esta sinfonía música procedente de su abandonado proyecto de ópera Rübezahl, que también usó en La canción del lamento. Esta es la portada del disco en el que la he escuchado. En internet puedes escucharla en diversas versiones.