Yo creo que todos conocemos la historia de «La Bella Durmiente» (en ruso, Спящая красавица [Spyashchaya krasavitsa]), un cuento de hadas-ballet estructurado en un prólogo y tres actos, que fue encargado por el director de los Teatros Imperiales Ivan Vsevolozhsky en 1888 y se estrenó en 1890. La música fue compuesta por Peter Ilyich Tchaikovsky (1840-1893), que completó la partitura en 1889. Está basado en el cuento «La bella durmiente del bosque» de Charles Perrault, aunque Tchaikovsky y su libretista trabajaron con la versión de los hermanos Grimm (Dornröschen) para situar la trama de su ballet. Se trata de su op. 66 y es el segundo de sus ballets. El proyecto consistía en escribir un ballet al estilo de la época de Luis XIV, con melodías inspiradas en los modelos aportados por Lully, Bach, Rameau, y otros compositores del Barroco. El inevitable "divertissement" del último acto consistía en una serie de danzas bailadas por otros personajes de cuentos de Perrault: El gato con botas, El gato blanco, El pájaro azul, Cenicienta, Príncipe azul, Princesa Florine, Caperucita Roja y El lobo gris, Pulgarcito, sus hermanos y el ogro.
Tras el encargo de Vsevolozhky, Peter no tardó en descubrir que el tema era muy poético y de su gusto, y según su hermano Modesto, desde la ópera Eugene Onegin, no había trabajo con tanta inspiración en ninguna de sus obras. Los cuatro primeros cuadros fueron terminados en el curso de otras tantas semanas, y aunque hubo momentos de depresión para el autor, un hecho bastante frecuente en su vida creadora, e incluso la orquestación pareció darle algún trabajo, consiguió terminar la partitura, según hace constar su hermano, hacia fines de agosto de 1889.
El ballet sin lugar a dudas se centra en las dos principales fuerzas en conflicto del bien (el Hada de las lilas) y del mal (Carabosse). Cada una de ellas cuenta con un leitmotiv representativo, que se ejecuta a través de todo el ballet y que sirve como un importante hilo para la trama subyacente. En el tercer acto de la obra, sin embargo, no aparece ninguno de los dos motivos y en su lugar coloca el foco sobre los personajes individuales de las diversas danzas de la corte.
La obra se ha convertido en uno de los ballets más famosos del repertorio clásico y Tchaikovsky murió tres años después de su estreno, sin poder ver como una década más tarde, su querido ballet llegaba a las doscientas representaciones. El compositor estaba en lo cierto, esta es una de sus mejores obras en la que se une la belleza de las melodías, con la originalidad y una espléndida orquestación; su música trasciende el espectáculo visual y escénico porque en si misma es una gran obra sinfónica.
«EL CHUECO» (1950-1951), fue uno de los grandes triunfos del ballet del México de la década de 1950. Es composición de Miguel Bernal Jiménez, uno de los más grandes compositores mexicanos, que es mucho más conocido por sus composiciones de música sacra.
Bernal Jiménez, fervoroso católico y amante del nacionalismo en la música. Ambas cosas, que para cualquiera podrían parecer dispares, nutrieron la imaginación de Bernal Jiménez con fuerza, con un estilo inconfundible, pleno de una originalidad muy especial. En este sentido, el poeta Manuel Ponce escribió que: “No era simple versatilidad de espíritu el poder fraguar, como él lo hacía, lo mismo sonecillos populares, propios de flautas y chirimías, que majestuosas fugas y cantatas a los acordes de órganos y violas celestiales; lo mismo villancicos navideños y cuartetos virreinales (donde brinca la gracia de una A la víbora, Víbora de la Mar…) que los silbos prolongados en un Himno de los bosques, las añorantes Tres cartas de México, el amor visceral de la ópera Tata Vasco, la fusión del humanismo cristiano y mexicano de Los tres galanes de Juana.”
«EL CHUECO» surgió gracias al extraordinario auge que protagonizó la escena dancística mexicana especialmente en la década de 1950. Este ballet constituye una fascinante amalgama de elementos colorísticos muy populares, en donde se pueden escuchar motivos festivos que aderezan una trama que, aunque parezca terrible, tiene un final feliz. En ella, se habla de un niño paralítico (el Chueco) que sueña por su bienestar y es apoyado por su protectora. Todas las añoranzas del niño se hacen realidad paulatinamente y encuentra un momento feliz de su vida al participar de la algarabía de las fiestas de su pueblo con la gente que lo ha visto crecer, reconciliándose con la vida.
La sabia y brillante orquestación que propone Bernal Jiménez en este ballet posee un dinamismo instrumental, en el que el musicólogo Dan Mälmstrom ha querido encontrar rasgos de la orquestación y de la música de Stravinsky (Petrushka) y si bien no está lejos de poseer cierta razón, «EL CHUECO» pierde sus ataduras con Stravinsky por su mexicanismo natural y su estructura. Todas las ferias del mundo se parecen, pero las ferias y los circos pueblerinos mexicanos son únicos. Y ello está idealmente descrito en esta obra.
La obra se estrenó en la temporada de otoño 1951 del Ballet Mexicano en el Palacio de Bellas Artes. El éxito definitivo de este ballet permanece hasta nuestros días, aunque desafortunadamente (como muchas de los ballets surgidos en aquella “época de oro” de la danza mexicana) hoy día son casi ignotas en los escenarios para ballet. Sin embargo, la difusión de la partitura como música puramente orquestal está vigente, y de ello también dan cuenta las innumerables grabaciones que, al paso de los años, se han realizado de El Chueco.
En 1909 Sergei Diaghilev, director de los Ballets Rusos, le solicitó al músico ruso Igor Stravinsky la primera obra por encargo de su carrera, una composición para un ballet cuyo tema sería un cuento popular basado en una leyenda folklórica rusa conocido como: «EL PÁJARO DE FUEGO» (en ruso: Жар-птица). Hoy, esta obra fantástica, forma parte del gran clásico repertorio ruso y es un relato coreográfico en dos partes y siete cuadros, basado en historias folclóricas rusas sobre el ave mágica de brillo intenso (el Zhar-Ptitsa o Pájaro de fuego) que es tanto una bendición como una maldición para su captor. Es esta la música que les invito en esta semana. Es tan popular esta obra, que hay una anécdota divertida demuestra lo popular que ha llegado a ser la obra: un desconocido una vez se acercó al compositor y le preguntó si en realidad era el famoso compositor, el señor Fireberg. (Juego de palabras con el término "Firebird", que significa "Pájaro de fuego" en inglés).
El estreno de la obra, como parte de la puesta en escena de Diaghilev, tuvo lugar el 25 de mayo de 1910 en la Ópera de París, con coreografia de Michel Fokin, y resultó un éxito que marcó la presentación de Stravinsky en sociedad.
El argumento de la obra es el siguiente: A la caza del pájaro de fuego, el príncipe Iván aguarda por la noche cerca del árbol de manzanas de oro. La hermosa ave aparece y revolotea cerca del árbol mientras el príncipe espera y acecha. Finalmente, Iván atrapa al pájaro de fuego, que le pide clemencia. El príncipe se conmueve, le concede la libertad y la criatura mítica le regala una pluma mágica.
Trece princesas encantadas llegan al árbol de manzanas de oro sin ver a Iván, quien pasa inadvertido contemplando su hermosura. Las princesas juegan con los frutos de oro mientras el príncipe se enamora de una de ellas. Iván sale de su escondite ante la sorpresa de las princesas y le pide a su elegida que se acerque, tras lo que se inicia una danza de enamorados. De pronto las princesas se agitan, se despiden y se van precipitadamente, pues está a punto de amanecer. Iván permanece solo y lo encuentran los monstruos guardianes de Kaschei, quienes lo capturan. Llega el malvado semidiós y condena a muerte al príncipe Iván, a pesar de las súplicas de las princesas.
Iván recuerda la pluma mágica que tiene en su poder, la saca y el pájaro de fuego aparece. El mítico ser volador encanta a los guardianes de Kaschei y los envuelve en una danza infernal que termina por derrotarlos. El pájaro canta una canción de cuna con la que todos menos Iván son vencidos por el sueño, incluyendo a Kaschei, quien despierta después de un momento. El pájaro de fuego le entrega al príncipe el cofre de acero que contiene el huevo con el alma del malvado semidiós. El príncipe toma el huevo y lo destruye, con lo que acaba con la vida de Kaschei.
Los hechizos de Kaschei desaparecen: los doce caballeros petrificados regresan a la vida y las trece doncellas quedan libres del maleficio. Amanece, la alegría los invade a todos y con el despertar de los caballeros petrificados, el príncipe y la princesa celebran su boda.
Stravinsky volvió sobre El Pájaro de Fuego para extractar de él suites para concierto. Estas suites se ejecutan con mucha más frecuencia que la partitura completa del ballet. Yo, por mi parte, les invito a ver y escuchar algo de esta obra:
Ballet completo, presentado por un ballet ruso:
Otra versión:
La Suite del ballet con la Orquesta Sinfónica de Córdoba, España.
La Alicia de Lewis Carroll siempre ha estado de moda en la literatura pero no en la música. Ha sido hasta los últimos años en que algunas compañías de ballet de varias partes del mundo han optado por coreografías basadas en esta obra. En la última década y un poco antes, varios compositores se han embarcado en versiones musicales de este clásico con pequeñas variaciones en el título, desde un escueto Alice a secas o Alice's in wonderland. El primero fue un ballet en el English National Ballet en 2000. En 2002 Serguei Kozadeyev hizo su versión en el Salt Creek Ballet (Illinois). En 2010 Lisa Sheppard Robson se embarcó en la que ha sido la mayor producción del Gwinnett Ballet Theatre (Atlanta). En el 2011 en el Reino Unido, el Royal Ballet de Londres en Covent Garden estrenó «Alices's adventures in wonderland», una versión de Christopher Wheeldon
El coreógrafo Christopher Wheeldon (Yeovil Somerset, 1973) es la gran esperanza creativa del ballet clásico moderno a nivel mundial. Esto es un hecho, buena muestra de sus ballets están en el repertorio de todas las compañías importantes del mundo. Siempre muy inglés a pesar de sus años en Norteamérica, su compositor preferido es Britten y ha tocado con éxito y elegancia temas históricos como Enrique VIII y la cabeza rodante de Ana Bolena. «Alice's Adventures in Wonderland» (Alicia en el país de las maravillas) está en su código genético y en su sensibilidad natural
La música de «Alice's Adventures in Wonderland» es de Joby Talbot, en una obra abundante en citaciones de Tchaikovsky o Prokofiev. Cuando los críticos hablan de la obra completa de Talbot, para este ballet, se explayan diciendo que es "una alternativa caprichosamente inglesa al omnipresente Cascanueces" y algunos hablan de que será "un nuevo clásico de nuestro tiempo".
Joby Talbot nació en Inglaterra el 25 de agosto 1971, ha escrito para una amplia variedad de propósitos y una consecuencia amplia gama de estilos, incluyendo la música de concierto instrumental y vocal, música de películas y televisión, arreglos pop y obras para ballet. Es, por tanto, conocido por el público de diversas edades y condiciones.
Sus composiciones prominentes incluyen el coral a capella "El árbol de los deseos" (2002) y "El camino de los Milagros" (2005); la obra orquestal "Sneaker Wave" (2004), "Marea Armónica" (2009), "Mundos, Estrellas, Sistemas, Infinity" (2012) y La música para la película "La muerte del cisne" (2002).
Actualmente termina de componer su primera ópera "Everest" que quiere estrenar en el 2015 y que habla de tres escaladores que se vieron envueltos en un famoso desastre en el año de 1996. en el Monte Everest.
El ballet «Alice's Adventures in Wonderland» ha sido recientemente llevado a la pantalla grande.
Este domingo, quiero invitarles a escuchar lo que para mi es una pieza musical perfecta, una composición que sintetiza —tal vez como ninguna otra— las mejores cualidades de los compositores soviéticos: calidad, adecuación al mensaje visual y sobre todo captación moderna de los conceptos clásicos del Ballet. Me refiero a «La Danza de los Caballeros», del ballet "Romeo y Julieta" de Prokófiev (También de la Suite nº 2. Op. 64 "Romeo y Julieta).
Sergéi Sergéyevich Prokófiev fue un compositor ruso, nacido en 1891, y fallecido en 1953. Su madre le enseñó a tocar el piano, haciendo de él un intérprete prodigioso y un compositor precoz. Su estilo no se parecía a ningún otro, y su Concierto para piano nº 1 no gustó a los por entonces de moda nacionalistas rusos. Sus obras más conocidas son "Pedro y el lobo", la ópera "Guerra y paz", y el ballet "Romeo y Julieta". Prokofiev murió el mismo día que Stalin, sin haber visto triunfar en Rusia su “cacofónica” obra.
El ballet "Romeo y Julieta" se estrenó a finales de diciembre de 1938 en Brno, Checoslovaquia, después de muchos intentos de hacerlo en la URSS ocasionados por la falta de alineamiento de su autor con la línea creativa realista impuesta por los bolcheviques durante el primer tercio del siglo XX. Además, debido a su complejidad rítmica y armónica, inicialmente fue calificado de imbailable, por lo que Prokofiev hubo de utilizar la obra en el desarrollo de tres suites orquestales y varias obras para piano.
Por su ritmo y composición, dramática fuerza descriptiva, delicadeza y la inclusión de instrumentos musicales poco habituales en una orquesta —incluidas las maracas que poco me gustan y los panderos—, Romeo y Julieta es una de las obras maestras de este compositor. Inspirada en el Romeo y Julieta de Shakespeare, consta de tres actos, quince escenas y 50 números musicales, de los que varios gozan de gran popularidad, especialmente este, el número 13, la «La Danza de los Caballeros». Se trata de un momento inocente en el que Romeo conoce a Julieta en una fiesta de los Capuletos a la que no fue invitado. Tal vez el ambiente siniestro que sugiere la música sea una especie de advertencia de lo que viene después en la obra completa a la que me referiré en otra ocasión.
La parte más célebre de este ballet es este baile de los caballeros, que ameniza la fiesta en la que se conocen los jóvenes Romeo y Julieta. Los vientos metales, firmes y siniestros, marcan los acordes pesados de una danza con la que Prokófiev recupera el tempo y pulso de las danzas antiguas de su patria. Los acordes, graves, dejan paso a los arpegios que desgranan los armónicos principales. El modo menor empleado, junto con el pesado tempo, preludian la desgracia que se cierne sobre los personajes. Los arpegios, llenos de síncopas y puntillos, suben y bajan, estridentes, de mano de las cuerdas, nerviosas. El aire festivo se tiñe de aprensión mientras los caballeros pasean su coreografía. La calma precede a la tormenta. A los 48 segundos de haber empezado, la pieza presenta un puente, de cuerdas repetitivas y metales amenazantes y solo un poco después, a los 57 segundos, los arpegios que acompañan a las damas alcanzan la región más aguda y más electrizante. La tonalidad cambia constantemente en la melodía, sumiendo la atmósfera en una inestabilidad buscada. La obra acaba como comienza. Todo en ella nos hace presagiar la tragedia. ¡Escúchen esta música y vean varias versiones!
Esta semana les invito a escuchar «El sombrero de tres picos» —sea en el Ballet o en alguna de las dos suites—, ya que la obra original es un ballet del que luego se derivan la suite N° 1 y la suite N° 2. La obra es del compositor español Manuel de Falla y coreografía de Léonide Massine basado en la novela homónima del escritor decimonónico Pedro Antonio de Alarcón. Se estrenó el 22 de julio de 1919 en el Alhambra Theatre de Londres bajo la batuta de Ernest Ansermet y decorados y figurines de Pablo Picasso.
La jota final es uno de los números más conocidos de esta obra, ejemplo de estilización del folclore tanto en el baile (en el que todavía prevalece coreográficamente el elemento ruso) como en la música del maestro Falla. Se puede afirmar que esta es una de sus composiciones más carismáticas.
En la historia de la danza teatral del siglo XX, «El sombrero de tres picos» puede reclamar un lugar tan significativo como el de la Petrushka de Ígor Stravinski, obra que ya he recomendado escuchar. Ambas fueron producidas por el gran empresario Serguéi Diáguilev y representadas por sus Ballets Rusos. Las dos rompen con las primitivas tradiciones temáticas que poblaban el género de princesas, apariciones y cisnes. Pero todavía más importante, quizás, es su visión de la burguesía con una cierta simpatía. En este sentido, en «El sombrero de tres picos» se reflejan las actitudes y aspiraciones de la Andalucía rural.
El asunto trata de la burla que un molinero y su mujer hacen al tiránico corregidor de la ciudad. El viejo enamoradizo, persiguiendo a la molinera, cae en un arroyo y tiene que quitarse la ropa empapada y refugiarse en el molino. El molinero encuentra la casaca y el tricornio del corregidor y se los pone dejando un irónico mensaje en el que dice que va a hacer una visita a la corregidora. El corregidor, furioso, tiene que ponerse la ropa del molinero, con la cual es detenido por sus propios corchetes, mientras todos los campesinos celebran con algazara lo sucedido.
Tras su estreno la obra tuvo un rotundo éxito, elogiándose la acertada síntesis de música, baile, drama y decorado. El ballet está basado en un cuento folclórico que comparte el espíritu de Beaumarchais, su brío y su profundo respeto por los recursos y el espíritu del segundo estrato de la sociedad. Luego del estreno del ballet, Falla compuso dos suites orquestales con el mismo título, la n.º 1 y la n.º 2, que se suelen representar más que el propio ballet. En ellas, retiró algunos fragmentos vocales y de transición que contenía la obra original.
Para el compositor, el éxito del estreno quedaría empañado por un hecho trágico. El mismo día del estreno de la obra en el Alhambra Theatre de Londres, Falla tuvo que marchar precipitadamente a Madrid para ver a su madre, que estaba muy enferma. Pero no llegó a tiempo, y en el curso del viaje se enteró por los periódicos que había muerto. Dos meses después moriría también su padre. Manuel de Falla nació en Cádiz en 1876 y murió en Argentina en 1946, después de haber dejado España en 1939 tras la guerra civil. Su vida estuvo marcada por cinco ciudades: Cádiz, Granada, Madrid, París y Buenos Aires.
«El cascanueces» (Op. 71) se ha convertido quizá en el más popular de todos los ballets, y es principalmente representado en Navidad. Esta obra es un cuento de hadas-ballet en dos actos y tres escenas de Piotr Ilich Tchaikovski (1840–1893): Fue compuesto en 1891–1892, cuando Tchaikovski puso música a la adaptación que Alejandro Dumas (padre) hiciera del cuento El cascanueces y el rey de los ratones, de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann. La música del ballet de Tchaikovsky es una de sus partituras más populares. La música pertenece al período romántico y contiene algunas de sus melodías más memorables
Tchaikovski hizo una selección de ocho de los números del ballet antes de su estreno en diciembre de 1892, formando así "La suite de El cascanueces Op. 71a", concebida para tocar en concierto. La suite se tocó bajo la dirección del compositor el 19 de marzo de 1892, con ocasión de una reunión de la sucursal de San Petersburgo de la Sociedad Musical y junto con la ópera final de Tchaikovski, "Yolanta". La suite se volvió popular desde entonces, pero el ballet completo no logró su gran popularidad sino hasta el año de 1960.
Entre otras cosas, la música de «El cascanueces» se conoce por su uso de la celesta, un instrumento que el compositor ya había empleado en su balada sinfónica mucho menos conocida, "El Voivoda" (estrenada en 1891). Aunque se conoce como el instrumento solista presentado en el acto II de la Danza del Hada de Azúcar, la celesta se emplea en otras partes del mismo acto.
La obra empieza con una obertura «en miniatura», la cual también comienza la Suite. La música crea un ambiente de cuento de hadas mediante los registros altos de la orquesta. El telón se abre y en el primer acto se muestra la casa de los Stahlbaum, en la cual se prepara la fiesta de la víspera de la Navidad. Clarita, su hermano Fritz y sus padres celebran la noche con amigos y familia, cuando entra el padrino misterioso, Herr Drosselmeyer, sacando un saco de regalos para todos los niños. Todos están felices, con excepción de Clarita, quien no ha recibido ni un regalo todavía. Herr Drosselmeyer presenta entonces tres muñecas de tamaño natural, cada una bailando en torno a sí. Cuando están completas las danzas, Clarita se acerca a Herr Drosselmeyer pidiendo un regalo. Parece que a él le faltan más regalos, y Clarita corre con su madre teniendo un arranque de lágrimas. Drosselmeyer presenta luego un juguete de cascanueces, en la forma tradicional de un soldado en uniforme de formación. Clarita queda fascinada, pero su hermano siente envidia y quiebra el cascanueces. La fiesta termina y la familia Stahlbaum se acuesta. Mientras todos están durmiendo Herr Drosselmeyer arregla el Cascanueces. Después Clarita se despierta y ve que su ventana está abierta. Cuando el reloj toca la medianoche, oye el sonido de ratones. Se despierta y trata de fugarse, pero los ratones la detienen. Tal vez Clarita esté soñando todavía: El árbol de Navidad de repente se vuelve enorme, llenando la sala. El cascanueces cobra vida; él y sus soldados se levantan para defender a Clarita, y el Rey de los ratones encabeza a sus ratones en batalla. (Aquí Tchaikovski sigue el clima «de miniatura» de la obertura, poniendo la mayoría de la música de batalla en los registros altos de la orquesta). Sucede un conflicto, y cuando Clarita ayuda al Cascanueces sosteniendo la cola del rey de los ratones y jalándole un zapato, éste aprovecha la oportunidad y apuñala al rey, que muere. Los ratones se retiran llevándose a su líder. Luego, el Cascanueces se transforma en un príncipe. (En el cuento original de Hoffmann y en las versiones del Ballet Real de 1985 y 2001, el príncipe es el sobrino de Drosselmeyer, a quien el rey de los ratones había convertido en un Cascanueces, y todos los acontecimientos después de la fiesta de Navidad se han arreglado por Drosselmeyer para eliminar el hechizo). Clarita y el príncipe viajan a un mundo donde copos de nieve bailarines los saludan y donde hadas y reinas bailan para darles la bienvenida a su mundo. La música expresa las imágenes maravillosas presentando un coro de niños sin palabras. El telón cae y termina el primer acto.
En el segundo acto, Clarita, el Cascanueces y Drosselmeyer llegan al Reino de los Dulces donde los recibe el hada de Azúcar, su caballero y el resto de los dulces. Se suceden una danza española, identificada a veces con el chocolate, una china, a veces con el té, una árabe, con el café, y luego una rusa, a veces llamada Bastones de Caramelo (la danza rusa es el Trepak), Mamá Jengibre y sus Polichinelas (a veces Bombones, o payasos de la corte en la representación de Mijaíl Barýshnikov), las Flautas de lengüeta (a veces Pastoras de Marzipan o Mirlitons), el hada de Azúcar, y el famosísimo vals de las Flores. (Cabe mencionar que las danzas en el Reino de los Dulces no siempre siguen el mismo orden). Después de las celebraciones, Clarita se despierta bajo el árbol navideño con su cascanueces de madera, alegre por su maravillosa aventura, y cae el telón. (Sin embargo, como hay varias versiones, en la versión de Balanchine, nunca se ve a Clarita despertándose, sino que tras todas las danzas en el Reino de los Dulces, ella y el príncipe Cascanueces se deslizan en un trineo tirado por renos y finaliza la obra. El sueño ha sido real, como en el cuento original de Hoffmann. La versión del Ballet Real también lo representa de esta manera. Finalmente, el sobrino de Drosselmeyer, que había sido transformado en cascanueces, reaparece bajo forma humana en la juguetería de su tío).
En Monterrey es una tradición que cada año por estas fechas, se presente en el Teatro de la Ciudad por el Ballet de Monterrey y a veces con la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Nuevo León en vivo. Es un espectáculo que vale la pena disfrutar y es para todos, grande y chicos.
En el invierno de 1910-1911, Stravinsky se dio a la tarea de componer una pieza de ballet pensado en una figura tradicional rusa llamada «Petrushka», que es una marioneta de paja y aserrín de carácter bufo y burlón —lo que en el mundo latino equivaldría al Polichinela— que cobra vida y desarrolla la capacidad de sentir. Tres ciudades distintas sirvieron a Stravinsky para su composición: Sus primeras ideas ocurrieron en Suiza, el trabajo principal se hizo en Beaulieu sur Mer, a orillas del Mediterráneo (con un fuerte catarro) y el acabado tuvo lugar en Roma, en abril de 1911, cuando Stravinski se alojaba en el Albergo Italia, cerca de las Quattro Fontane, en un cuarto con vista a los Jardines Barberini, en ese periodo en el que Stravinski realizó la primera de sus muchas visitas al Vaticano.
La obra está realizada en un acto y tiene muchas y muy variadas riquezas y al menos un gesto enigmático: el famoso acorde de Petrushka, una armonía bitonal en la que Stravinsky superpone la tonalidad de do mayor y la de fa sostenido mayor. Tiene cuatro escenas que son:
Escena I: En 1838, en un club de San Petersburgo, se celebra la feria de carnaval. En la plaza hay un teatrino donde el Mago presenta un espectáculo. Al abrirse el telón se ven tres muñecos que, a la orden del Mago, comienzan a bailar. El Moro y Petrushka están enamorados de la Bailarina, pero esta claramente prefiere al Moro. Petrushka en un ataque de celos agrede al Moro y el Charlatán detiene la presentación.
Escena II: Encerrado en su cuarto por el Charlatán, Petrushka protesta por la crueldad con la que es tratado por demostrar sus sentimientos. Aparece la Bailarina y Petrushka, emocionado, le expresa su amor con brusquedad. La Bailarina se marcha asustada por la rudeza de Petrushka dejándolo sumido en la tristeza y la desesperación.
Escena III: En la habitación del Moro. Aunque el Moro también está prisionero, se encuentra feliz con su situación. Entra la Bailarina y el Moro la halaga, ella está complacida por el trato y se deja abrazar por él. En ese momento entra Petrushka que amenaza al Moro, éste se defiende con su cimitarra y hace huir a Petrushka.
Escena IV: La feria de carnaval en la plaza de San Petersburgo. Las personas han continuado con las celebraciones sin darse cuenta de lo que sucede dentro del teatrino. La fiesta se interrumpe cuando sale por el teatrino Petrushka perseguido por el Moro. El Moro mata a Petrushka. La gente se asusta pensando que se ha cometido un asesinato, llega la policía e interroga al Mago, pero en el piso solamente hay un muñeco de trapo. La fiesta llega a su fin, todos se van retirando y el Charlatán se lleva a Petrushka hacia el teatrino pero del techo aparece el fantasma de Petrushka amenazador.
Desde su estreno, «Petrushka» —para mí el mejor ballet de la juventud de Stravinsky— ha gustado siempre, quizá debido a los rasgos artísticos intrínsecos a la obra, que constituye una maravillosa síntesis abstracta, expresada en un tejido sonoro infinitamente adecuado, bello y atractivo de la fascinación abismal tan usual en las obras de Stravinski, provocada por su originalidad, variedad, profundísima sabiduría musical y poderosa fuerza creadora. Tal vez el gusto se deba también a que realmente esta obra es fácil de digerir, ya que el compositor empleó material de canciones folklóricas y algunos temas de otros autores en algunos momentos de la obra, lo cual le da con su toque stravinskista, un ritmo fácil de seguir y muy contagiante.
Los continuos éxitos de «Petrushka», que cubren ya un periodo de noventa y ocho años y parecen ir en ascenso continuo, a pesar de que la obra es ya un clásico del arte musical, demuestran la capacidad comunicadora de Stravinski, del mismo nivel que la de Beethoven, Chaikovski, Mahler o Verdi.
Dejo algunas versiones del baallet «Petrushka», la primera de ellas con la primera de ellas con la Primera Bailarina Nina Ananiashvili y dedico esta entrada a la Sra. Petrushka de Fosado, mujer maravillosa de feliz memoria con un hijo sacerdote excepcional, ¡así le decía de cariño a su mamá el padre Aaron Fosado! La recuerdo con cariño ahora que se acercan dos fiestas hermosas: La fiesta de todos los Santos y la de los Fieles Difuntos. ¡Gracias doña Petrushka por los hermosos recuerdos de aquellos años en la época en que éramos seminaristas. ¡Vaya un saludo especial al padre Aarón!
Tchaikovsky siempre ha sido para muchos, el compositos de música para ballet más apreciado en la tradición clásica.
¿Qué contribuye en el mundo de la danza clásica a que sea así? Basta verlo y/o escucharlo, comenzando por las notas del tema melancólico y misterioso del oboe, que anuncia la presencia de la princesa-cisne junto al lago, luego los ritmos, ya sean rápidos o lentos, que han inspirado (y aún inspiran) coreografías líricas, fluidas, y hasta un tanto dramáticas –si se quiere–que ofrecen gran oportunidad de lucimiento a los intérpretes.
La obra transcurre entre el amor y la magia, enlazando en sus cuadros la eterna lucha del bien y del mal. La protagonizan el príncipe Sigfrido, enamorado de Odette, joven convertida en cisne por el hechizo del malvado Von Rothbart y Odile el cisne negro e hija del brujo.
La primera presentación de El lago de los cisnes tuvo lugar en el Teatro Bolshoi de Moscú, el 4 de marzo de 1877. Tchaikovsky nunca antes había escrito música para ballet, a pesar de tener en su haber infinidad de maravillosas composiciones (que incluyen tres ballets, seis sinfonías, diez óperas, tres conciertos de piano y uno de violín, música incidental para distintas obras teatrales y un número considerable de canciones y piezas para piano). Según escribiera a su amigo Nikolai Rimsky-Korsakov, Tchaikovsky aceptó el proyecto de componer la música del ballet, porque “necesitaba dinero, y hacía tiempo que deseaba tratar de componer música de ese tipo”.
Con el tiempo, el propio Tchaikovsky revisó la partitura en varias ocasiones, añadiendo fragmentos de música de algunas otras de sus obras, en especial el Adagio principal de la ópera Ondine, que él mismo había descartado años atrás. A principios del siglo XX este Adagio sería añadido a la famosa escena del lago de Ivanov, donde quedaría convertido hasta nuestros días en el conocido y admirado Pas de deux central de ese acto.
Es difícil constatar cuántas versiones de este ballet han sido creadas hasta el presente, o cuántas existen activas en repertorios de compañías de la actualidad. Entre las puestas en escena más comentadas de años recientes, existen las que llevan las rúbricas de figuras de gran prestigio como Rudolf Nureyev, hecha para el Ballet Estatal de Viena, en 1964; la de Erik Bruhn, Ballet Nacional de Canadá, 1967; Anthony Dowell, Real Ballet de Londres, 1987; Peter Shaufuss, Ballet Holstebro, Dinamarca, 1998; Kevin McKenzie, American Ballet Theatre y Patrice Bart, Ballet de la Ópera Estatal de Berlín, 1998, etc. A todas éstas podría añadirse la versión de 35 minutos compuesta por George Balanchine para el New York City Ballet, sobre el “acto blanco” de Ivanov, que data de 1951, y la de Matthew Bourne, que en 1995 agitó al mundo del ballet con la cuestionable presencia de cisnes masculinos en la escena. Estas conocidas figuras aportaron nuevos puntos de vista al extraordinario trabajo que un francés y dos rusos lograron en otro siglo.
En Monterrey, durante estos días, dentro del Festival Internacional Santa Lucía, se puede apreciar la puesta en escena en el Teatro de la Ciudad por el Ballet de Monterrey que en una versión realizada para dos actos resulta sencillamente ¡genial!
Yo aquí les dejo una versión completa con Svetlana Zakharova, una bailarina de ballet clásico ucraniana que nació en Lutsk, Ucrania, el día 10 de junio de 1979 y es fantástica en el rol principal. Ha sido solicitada por diversas compañías de ballet para intepretar el papel del cisne blanco (Odette) y el cisne negro (Odile). ¡Disfrútenlo aquí si no están en Monterrey y no pueden ir al Teatro de la Ciudad!